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29 jun 2012

MORAVIA: UN ESCENARIO DE 
RESISTENCIA Y MEMORIA
Descripción

Este video pone de relieve las expresiones escénicas que desde los primeros momentos han acompañado la cotidianidad del barrio. De un lado, muestra el testimonio de cuatro mujeres que vieron nacer a Moravia y que crecieron con ella: mujeres que hicieron uso de la teatralidad como una herramienta de cohesión comunitaria y que lograron convertir la protesta en un canto popular que reivindicó su derecho a la vivienda, a la ciudad. De otro, muestra cómo estas manifestaciones vienen desde la memoria que habitan a nutrir hoy la experiencia de un grupo de jóvenes del barrio que hoy vive su propia apuesta escénica.

Argumento

Mientras la ciudad se reinventa agitándose sobre sí misma, desde su corazón llegan los recuerdos frescos de un pasado alimentado por la basura.
En este escenario, quienes intervienen son los protagonistas de su propia historia, sujetos de transformación social que nos brindan una perspectiva invaluable de las circunstancias que enmarcaron el surgimiento del barrio Moravia, como lugar común de lucha, solidaridad, resistencia y dignidad.
EnCortoTaller

24 jun 2012

LEONEL OSPINA
"EL JARDINERO DE LA PARRANDA"

La palabra merendero, se refiere en forma despectiva a esos músicos callejeros que vegetan en las noches de Medellín. Pero hasta ahí esa denominación, porque cuando uno los encuentra, ellos vienen cargados de muchas noticias de su cansada ambición de no haber sido artistas de fuste. Muchos de ellos claudicaron, pero sus caminadas por la noche de la ciudad, sus llevadas de serenatas, así como la música que interpretan, es algo digno de sobrevivir en la memoria. Así alguna vez conocí en el Bar Jurídico, donde nunca vi jueces, uno de ellos: tenía a lo sumo unos 80 años y aun recorría los bares de Medellín desde la Playa hasta la plazuela Nutibara hasta Guayaquil buscando dar serenatas o interpretar canciones ante borrachitos terrenales deseosos de una sentimentalidad en vivo y en directo en las mesas atiborradas de licor, y, por ello recibir unas magras monedas. Este señor con su guitarra se quedaba con nosotros, poetas a la intemperie, y terminaba más borracho con su guitarra destemplada. Pero este señor anónimo como muchas de sus canciones alguna vez me entregó una canción que no había escuchado. “Rondeles”, como si su memoria aun cantara al país de 1950.

De esta manera en la Villa se le dice merendero a una persona, un músico que no ha triunfado y se ha quedado cantando canciones ajenas y dando serenatas a desprogramados bebedores nocturnos o a novias desconsoladas.

Por supuesto que no voy a referirme a Leonel Ospina de esta manera. Leonel Ospina fue un grande de la música parrandera antes que muchos cantantes de ahora existieran. Basta escuchar “María Teresa”, “Ya nació el niño” o “El Jardinero”, canciones que siempre regresan en diciembre para saber de quién se trata.

Ahora Leonel Ospina en los billares de La Playa una mañana de domingo suele acompañar con un bolero y un tango: “La Abandoné y no sabía” 
por:Victor Bustamante

23 jun 2012

INTRO AL BARRIO

"…Y desde esta esquina, divisamos y reconstruimos todos los días a Medellin, el barrio como las líneas de una mano abierta. Este terruño, es la voz de los poetas inéditos que comulgan con las historias y anécdotas vividas y por vivir; aquí en este barrio hay gente que vive con esperanza, hay otros que viven sin ella pero sin desesperarse, pero todo bien, mañana es otro día, espejo de todos los barrios, este un puñado de poesía, el barrio…"

16 mar 2012

EL PATIO
DEL TANGO
Darío Ruiz Gómez 

Las palabras nos hacen, nos moldean, nos retrasan o adelantan en el tiempo interior que van alcanzando nuestras vidas. Tiempo interior que nada tiene que ver con el llamado tiempo de la Historia, o sea con aquello que sucede en la exterioridad, en la vida política y social. Al llegar a los cincuenta me decía alguna vez Aníbal Moncada, ya uno no cumple años sino que empieza a dejar de cumplirlos. Y lo aseveraba con la mirada extrañamente respetuosa de quien, como él, había transitado por entre dificultades y azares que son en el tráfago de la vida de las gentes populares algo más que simples anécdotas en boca de quienes reducen ese azar propio de la vida a superfluas anécdotas.

Cuando pienso en el Guayaquil que describía Aníbal Moncada me estremezco frente a aquellas tumultuosas imágenes de gentes viviendo en medio de una marejada incesante de crueldad, de desafiante violencia paradójicamente necesaria para lograr sobrevivir en territorios abandonados por la ley y cuyos propios códigos de honor constituían el único vinculo ético para lograr que la existencia no se dejara ir del todo hacia la vorágine de lo peor. Esto del cuchillero, del compadrito, un destino sin destino, lo percibió Borges con su crónica lucidez: el baile, la música representan un espacio autónomo donde lo lúdico es la respuesta a la muerte, al dolor, al sufrimiento, convirtiendo la ceremonia en metáfora de la condición humana y expresión de un instante que solo se repite cuando en el tiempo y los días se reinicia la ceremonia con la presencia de los muertos.

Sin voz, atento solo a lo que significa vivir entre esas músicas y letras tomadas como un origen propio, Aníbal Moncada fue testigo de todos los infortunios que las distintas violencias arrojaron sobre la vida de Medellín, sobre el arrabal que solo buscaba frente al atropello aspirar a esa calma necesaria para que la nostalgia se adelante a la hora de la muerte, para que los niños de la calle se sorprendan de su propia lucidez. Ahí a su lado desfiló el terror y la infamia de lo peor mientras Aníbal Moncada sostenía impasible ante los ejecutantes de esa crueldad que el baile y el canto constituían el área sagrada que se debía respetar. Por eso no se fue de su barrio ni cayó en el error de convertir su santuario en un escenario turístico maquillado.

Alguna tarde empezada ya la noche un automóvil se detuvo y se le acercó una moto con dos muchachos que recibieron una metralleta y algo espeluznante, una foto. El Gordo me miró indicándome la vigencia de los territorios que frente a su santuario se tocaban y que le permitían ser respetado en un lugar caracterizado por la extrema dureza de la violencia. El código adquiría su dimensión verdadera, los límites se respetaban frente al crimen y al delito que esos otros habían asumido. La fuerza sobrecogedora de la música, la persistencia de un ámbito social de enamorados de una forma de canción en extinción, ceremonia secreta de clandestinos oficiantes, el tango aquí en esta desolación alcanzaba un porqué, una razón de existir como expresión de firme resistencia de amistad, de realidad verbal transfigurada por la poderosa capacidad de un narrador convirtiendo en leyenda aquellas situaciones y llevándolas hacia las letras y las melodías donde la vida era triste y nostálgica, pero no infame.

Yo no sé si eso sea el tango o si Aníbal Moncada fue un excelso representante de esta música, solo sé, que aquel patio que caminó de Guayaquil al barrio Trinidad, tuvo la propiedad de convertirse para muchos desolados de si mismos en un lugar en el tiempo al cual seguirán para siempre acudiendo.

9 mar 2012

RODRIGO ARENAS BETANCOURT
AUTOBIOGRAFÍA
(fragmento)

Escultor de fama continental; humanista y escritor. Además de Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte (Ensayo autobiográfico), el maestro Arenas Betancourt publicó Los pasos del condenado (Bogotá, 1988) y Memorias de Lázaro, Instituto Caro y Cuervo (Bogotá, 1994), prólogo de Vicente Pérez Silva; obras, estas últimas, que contienen conmovedoras revelaciones del secuestro padecido por su autor entre el 18 de octubre de 1987 y el 22 de enero de 1988; al igual que hondas reflexiones sobre el amor, el arte y la muerte.

Retrato de mi pueblo y de mi madre:
Nací en el cerro del Uvital, al norte de Fredonia, en el suroeste de Antioquia, el 24 de octubre de 1919, como primogénito de una de esas ejemplares, irracionales, religiosas y prolíficas familias antioqueñas. El Uvital es un cerro de formación geográfica agresiva, como todo Fredonia, igual que Antioquia. La vida allí es penosa y miserable porque la tierra está negada para la agricultura. No se consigue nada para comer. La tierra está repartida entre pocos propietarios que no siembran sino café en unas partes y en otras dejan pastar sus ganados. Todos trabajábamos con ellos, en sus fincas, como peones, por unos salarios misérrimos. En aquel lugar la naturaleza es bella, armoniosa, solemne y de una luminosidad cegadora. El espectáculo conmueve y a simple vista la vida parece que también es bella y tranquila; pero el hombre no tiene capacidad física o espiritual para superarse y gozar de aquel espectáculo. En ninguna otra parte el contraste entre la miseria, el abandono y el desamparo del hombre y la belleza y la amplitud del paisaje es más dramático y cruel que en estas regiones ecuatoriales. La miseria es telúrica, geológica, del génesis y no es la miseria social de las grandes ciudades, de los países evolucionados. Esta es una miseria sin redención, el drama del hombre que implora su postración de siglos ante divinidades crueles e indiferentes y ante una civilización estulta, regida por el dinero y el egoísmo.

Los domingos, mi madre nos decía: "¡Vámonos al filo a divisar!". En esta expresión tan sencilla está contenida la voluntad psicológica del antioqueño y está ya, configurado, todo mi mundo interior. Sentados en el filo, allá, en la parte más alta del Uvital, las horas transcurrían silenciosas y tranquilas. La vista se perdía en azules distancias infinitas. El corazón soñaba. Al frente de nosotros el "Cerro Bravo" de un azul profundo, cubierto de neblina, un poco más atrás, como un remedo del "Cerro Bravo" el "Cerro Tusa" y allá, al fondo, las crestas de la cordillera Andina. Al lado del "Cerro Bravo", Combia, con su cruz, abierta contra el cielo, Cristo Rey aún no estaba. Al pie de Combia, el pueblo, el reguero de casas rojas, como una alegoría de pesebre navideño. En el extremo izquierdo, las hondonadas del Cauca y, en el extremo derecho, los cerros donde están Titiribí, Armenia de la Mantequilla, Angelópolis, Amagá, El Pedrero. Desde entonces, una recóndita saudade, una misteriosa nostalgia me acongoja y carcome, y una sed insaciable de remotos horizontes me taladra el corazón. Nostalgia y saudade congénitas, consubstanciales al existir, principio y fin de los primeros actos así como de la creación y los viajes en los años maduros.

Hablábamos de muertos y aparecidos, de viejos recuerdos familiares, de lo ingrato de la existencia, de las dificultades para conseguir el pan de cada día en los cafetales y en medio de aquella naturaleza bella, pero cruel y despiadada. Los cerros se teñían de rojo, del rojo del sol de los venados. Las nubes, los arreboles, se hacinaban en tropel en el horizonte y pienso que, desde aquel entonces, mi espíritu estuvo impactado para imitar las nubes, su ingravidez, su frágil profundidad.

La noción de la vida entre mis parientes campesinos es dramática y pesada... vida muy rudimentaria, sin alicientes sociales, culturales o espirituales para gozar de la existencia. Viven sólo para morir. La vida está ensombrecida por la obsesión de la muerte y del castigo eterno. Muchos de mis parientes son todavía analfabetos. Tienen entre ellos éxito los curanderos, los yerbateros, los adivinos, los magos, toda esa laya de explotadores de la ignorancia y de la buena fe. Para ellos la naturaleza, la noche, el agua, el aire, los árboles están poblados de fantasmas, de endriagos, de íncubos o súcubos, de brujas y duendes, aparecidos y espantos. Son animistas y en virtud de ello, todos los seres están poseídos por espíritus del mal. El menor signo: el canto del gallo, el trino del ave, alguna voz en la noche, el ruido del fuego, el tronar de la madera, la fosforescencia de las raíces o la persistencia de algún insecto son señales de desgracia y casi siempre de muerte. Algunos de mis parientes se han convertido en propietarios de grandes extensiones de tierra; pero no han salido de su condición de hombres primitivos, sin idea del alfabeto, de la cultura y de la civilización. Mi padre, por esas intuiciones propias de los seres sensibles, siempre quiso que nos fuéramos de aquel lugar y para ello hizo sacrificios inenarrables.

Mi mundo está visto a través de los ojos azules y límpidos de mi madre que es una mujer campesina, cósmicamente religiosa, de temperamento inflexible y con una resistencia masculina para el trabajo, que se empeñaba en enseñar a leer a los humildes. La noción que tengo del sufrimiento, del llanto, de la angustia, la aprendí de ella, de su inmensa disposición para sufrir la adversidad. Desde entonces, para mí el mundo es, como para ella y por ella un verdadero valle de lágrimas y un congojado peregrinar hacia la muerte. Desde entonces sé, también, que no existe otro consuelo sino el amor, sé que por el amor vivimos, sé que por el amor sufrimos, sé que por el amor el espíritu arde, sé que por el amor estamos ligados a todos los seres y a todas las cosas.

Mi madre está unida a todas mis experiencias de Fredonia. No puedo, no podré nunca, olvidar su imagen cuando en medio de la noche cerrada recorría los caminos de la montaña, llevando en brazos el cuerpo de mi hermana enferma, en busca de las medicinas naturales; la sangre caliente del novillo, las vísceras palpitantes y las plantas aromáticas. En medio de la noche campesina, poblada de espíritus, de arcanas voces, yo sentía morirme de miedo, mi madre estaba imperturbable y tranquila. No he visto una energía mayor acumulada en un cuerpo tan pequeño y frágil. 

La imagen de mi madre, en esas noches, es para mí, la representación de la vida en lucha con la muerte. La suprema y bella configuración de la esperanza. Si algo aprendí de mi madre fue la tenacidad, la fe, la seguridad en sí misma. Con estas armas he caminado por el mundo, llevando una hirsuta bandera vegetal y un arisco espíritu que busca reproducir en imágenes la vivencia del "Cerro Bravo".

Mediante esfuerzos sobrehumanos de mi padre fuimos a parar al pueblo. La vida en él era igual de difícil que en el campo. Había entre los desheredados tanta hambre como en el campo. No era aquel el paraíso de la justicia. Los hombres estaban sometidos a tres o cuatro señores del pueblo por medio de deudas, de compadrazgos y de arrendamiento en las fincas y en los almacenes. Los motores sociales fundamentales eran la religión, la política (la violencia), el dinero y el amor. El pueblo empollaba bajo las vigilantes torres de la iglesia. Los hombres tenían poco que hacer y se dedicaban al alcohol, al ocio y a las rameras. Cuando empecé a crecer el pueblo estaba dividido en castas. 

Familias "buenas" y "malas". Familias "bien" y ricas, familias "malas" y sin nada que llevarse a la boca. Era, para mí, un espectáculo conmovedor ver los gamonales cargando el palio, tan circunspectos y tan cerca de Dios y del padre eterno. Mi padre hubiera manchado el palio si lo llega a tocar. Yo aceptaba que aquél era un lugar que les pertenecía por designio y disposición carismáticos. Estos buenos gamonales ejercían, en forma absoluta, el poder en mi pueblo. La masa, la inmensa masa, éramos las familias pobres, "malas", astronómicamente numerosas, que buscábamos el alimento, como un ejército de hormigas, saqueando los cultivos y mendigando en las fincas. La miseria en Fredonia se debía a la injusticia en el reparto de la tierra y a la ignorancia y puede que también al hecho de que todos queríamos llegar a ser gamonales por medio de la providencia divina. Las gentes de Fredonia no tenían recursos materiales y culturales para explotar la tierra.

Sufrí mucho y fui feliz. La miseria no era como para echarse a llorar. Conocí la vida en toda su agria magnitud. Una de mis hermanas murió una noche, en mis brazos. A mis hermanos enfermos yo los cuidaba. No guardo ningún rencor. He comprendido, en la juventud, el corazón de la duda, del dolor y de la desesperanza.

Cuando me fue posible, inicié el éxodo como remedio a todos estos males. Ahora entiendo que se debe a las malas circunstancias en que viven las familias campesinas, la heroica fuerza migratoria de los antioqueños. Recuerdo aquellas caravanas de campesinos que partían, con sus muy escasos bienes, hacia el Cauca Arriba. Todas las muchachas que se robaban se las llevaban para el Cauca Arriba, decían mis padres. Algunos venían del Cauca Arriba, como maestros del juego "al arma". Se trataba de la leyenda del Dorado en el Valle del Cauca, en el Quindío, en el Risaralda. Cansados con la miseria, en las lomas, los antioqueños, decidieron bajar a los valles.

Me tocó en suerte darme cuenta de mi existencia y por ende de la de Fredonia, en el momento mismo en que la civilización se iba metiendo por esos vericuetos a golpe de esfuerzo y de audacia. Me tocó ser testigo de la llegada del primer automóvil. Vi cómo crecía la línea de tierra que llevaba a Palomos el ferrocarril. Oí, al lado de mi tío, el ruido infernal que producía el primer avión que paso por sobre Fredonia. Viví aquel momento de los primeros gramófonos, de las primeras cámaras fotográficas y de los primeros radios.

He visto a Fredonia desde los abismos del sufrimiento y desde los júbilos del sueño. He conocido a Fredonia persiguiendo los sueños en la infancia, cazando las ilusiones en la adolescencia y buscando a Dios, los ojos de Dios, en sus criaturas. En Fredonia añoré al mundo; en el mundo, añoré a Fredonia. Para mí, la patria, la inmensa patria, es tan grande y pequeña que cabe en un dedal. Es ese pequeño pedazo de tierra al cual puedo asimilarme como ceniza o rescoldo fulgurante. La patria es ese paisaje que vive en mí como recuerdos, vivencias, amor transubstanciado, leves susurros vegetales, agridulce nostalgia y perpetua actitud de rebeldía.
Rodrigo Arenas Betancourt. 
México, D.F., Axotla, marzo de 1962.
Retrato de mi pueblo y de mi madre en Lecturas Dominicales
de El Tiempo, Bogotá, julio 8 de 1973.

2 feb 2012

 “SOY LA MUJER QUE MÁS AMÓ, 
Y ME AMARON”
(Por Esperanza Palacio Molina - El Colombiano - 2002)
Con sus manos, en un ademán de timidez, se cubrió la boca, pero con los ojos bien abiertos y la voz tan firme como se lo permiten sus 94 años, Débora confesó su amor. “Soy la mujer que con más sinceridad amó y me amaron”.
Y siguió, con la misma valentía y el arrojo que tuvo cuando pintó sus cuadros más desgarradores y críticos: “No tuve oportunidad de hacer intimidad, pero sí nos amamos, siempre. Él estará en mi corazón cada día, porque ese amor nunca se terminó”.
La fragilidad se la ponen los años, la picardía se la da la experiencia y la sonrisa velada es el producto de una confesión que nunca había hecho y que ni siquiera pensó, sino que la dejó fluir cuando la pregunta le llegó de sopetón. ¿Alguna vez estuvo enamorada, alguna vez tuvo novio?
Entonces ahí surgió el encanto de su relato con una frase definitiva, “fue mi primero y único amor”. Las chispas de sus ojos iluminaron la habitación, que es como una especie de vestíbulo, de esos que tenían las casas antiguas, algo así como un zaguán entre la puerta de la calle y la del patio principal.
También se iluminaron los muebles, los cuadros y retratos que hay regados por la pared, y se sonrojó Cecilia su sobrina, “porque ella nunca le había contado a nadie eso, aquí en la casa tal vez, pero a la gente de la calle, nunca, ese era un secreto”. Y miró a Débora con una ceja levantada tratando de adivinar si su tía sabía lo que decía.
Y claro que sabía. Su amor de siempre estaba ahí, la envolvía en cuerpo y alma. El tiempo le devolvió la imagen de aquel muchacho que la quiso más que nadie. Fue como regresar a Riosucio a la finca de Tula Giraldo, donde había ido a temperar siendo apenas una niña, allá donde él y ella supieron que estarían unidos, aunque estuvieran separados.
“Yo me fui tres años para Inglaterra y cuando vine, mamá como que no estaba muy a gusto con él. Por eso no tuve oportunidad de hacer intimidad. Sí nos amamos, siempre, siempre”, repasa Débora y sostiene la mirada para confirmar.
Lo de Riosucio fue el flechazo que duró hasta hoy. Y aunque ese amor nunca pasó de ahí ni tuvo piel, se quedó instalado en su corazón y su alma hasta hoy, a los 94 años, cuando puede confesarlo sin asomo de vergüenza. Era un secreto, ya no. “Soy la mujer que con más sinceridad amó y me amaron”, repite, para que no queden dudas.
Pequeña y dulce
Débora se nota frágil, y aunque la memoria le juega malas pasadas y le pone nubes a su lucidez, no pierde el sentido de lo que han sido sus 94 años.
Por ejemplo, recuerda con picardía que le gustaba ir a la misa de 12:00 “porque a esa era a la que iba más gente. Yo llegaba a caballo, montada de mujer, no de hombre, y los muchachos se paraban a ayudarme a bajar del animal”.
Eran apenas los primeros años del Siglo XX y Débora, niña todavía, aprendía de su tía María Francisca que podía embellecer sus mejillas pintándolas con los trocitos de papel globo rojo que ella tenía escondidos. “Quedábamos con los cachetes colorados”, se acuerda.
En aquella época, ya sabía que amaba la pintura, que le gustaba el barro, que tenía por dentro bichito de rebeldía, ese que la puso a pintar para contar el dolor y la violencia, para revolucionar un ciudad y un país que no entendía de mujeres desnudas.
“Por eso, la Liga de las Señoras de la Decencia me criticaban, porque yo pintaba desnudos, montaba a caballo y usaba pantalones”, afirma muy seria. Fueron ellas las que le llevaron el chisme al obispo “pero a mi no me importaba la sociedad”.
Ahora le molestan e importan otras cosas, por ejemplo, que necesita ayuda para caminar, que ya no puede ir a donde se le antoje, como cuando recorría el mundo para verlo y pintarlo tal cual. “Lo único que hago es que veo televisión hasta que se pone aburridora. Lo que me hace falta es salir a curiosiar, pero vea, estoy casi inválida”, refunfuña.
El refugio
Casablanca, allí donde ha vivido toda su vida, tiene regada en cada rincón los sentimientos de Débora. Hay una mujer desnuda con los senos largos y flácidos que le llegan hasta la cintura, un San Francisco escuálido y feroz que es como una sombra que asoma en la habitación donde el sol habita poco. O la otra mujer desnuda tendida en un sofá. Y también una bañista solitaria que adorna el baño y llena apenas un pequeño baldosín, pero que brilla y pone en ese cuarto íntimo el toque deboriano.
Sus obras, las pocas que aún quedan en la casa, son parte del mobiliario, como el comedor adornado con una vajilla pintada por ella. Y los sapos que cuidan la fuente del patio o las serpientes amarillas que adornan el guardaescobas del corredor principal y que los pintó mientras cuidaba la enfermedad de su madre.
La sala, con las cortinas y ventanas sin abrir, es una galería perfecta. Los cuadros cuelgan desde el techo y se roban la atención. Pero ella por allá va poco, prefiere el mueble frente al patio, de allí divisa bien y deja volar la imaginación, como cuando pintaba.
Allí, parece débil, pero esa aparente debilidad que le da la vejez no oculta que pintó dolor y violencia. Sus manos son el espejo, como su rostro, donde se le ven los 94 años de hoy. Ya no tienen la fortaleza de aquellos tiempos cuando la rebeldía la obligó a pintar lo que le gustaba, y también a esconder su obra durante más de 30 años para no dar explicaciones, para no rendir cuentas, para hacer lo que quería.
Por eso, viéndola allí, frente al patio, lejana, surgió la pregunta: ¿Y Si Débora tuviera que pintar el país de hoy, cómo lo pintaría? Y entonces lo pintó: “Destruido. La gente matándose”.

29 ene 2012

EL TEJIDO DE ESPERANZA
El Edén. Quizá se llama así porque allí existe el paraíso. Todo es brillante. Los cultivos cuadriculan el paisaje en gama de verdes que envidian los artistas. El sol se embelesa con sus rayos matutinos cayendo en saetas disparadas por dioses encumbrados. Luces que se estallan en los frutos del cafeto, pequeñas esferas carmesí que maduran con prodigio. En este sembradío aromatizado de placeres está la chapolera que arranca con destreza del arbusto sus semillas para después depositarlas en el cesto donde caen todas las estrellas.
Como ave circundante planeo sobre el verde y pródigo tapete tejido de campiñas y bosques sin hachas ni machetes. Llego impulsado por mis pasos y mi instinto a una pequeña casa de tejas de añoso barro, con puertas y ventanas rústicas, sin pigmento. De paredes de pañete expuesto con su amarillo ocre. Rodea a la vivienda un jardín florido salpicado de colores excitantes, árboles frondosos, profusos en flores vivas. Se sienten aromas miríficos que transportan el espíritu a cumbres celestiales.
Al llamar responde desde el interior de la casucha, una voz femenina con musicalidad de arpas, flautas y violines. Voz acompañada de una hermosa dama con vestiduras humildes, cuerpo de reina y alma de diosa. Trae en sus manos el tejido del día, con palma de toquilla, con forma de sombrero. De sombrero aguadeño.
Me invita a seguir y yo entro a su mundo tan sencillo como ella, tan agradable el entorno, con un orden armonioso, premeditado y bello. Sirve una generosa taza de café de “pepa” que se convierte en elíxir aromatizante que revive mis sentidos. Ella me atiende como un antiguo amigo, actúa como si nuestros encuentros ya hubiesen sucedido, Habla con la claridad y confianza propia de una madre con su tierno hijo. Mientras habla teje, absorta en la confusa urdimbre que toma forma de sombrero, con la habilidad de la maestría, con la rapidez que desenfoca la retina.
Su mano acaricia la fibra con la misma ternura que acaricia a su hombre. Sin preguntarlo hace referencia de su marido para indicar instintivamente que ya tiene dueño.- “El es maravilloso, madruga siempre a su cafetal florido, con el morral a cuestas donde lleva un almuerzo envuelto en hojas de “viao”: arroz, carne ahumada, plátano maduro; y en un botellón de Coca Cola la “aguapanela” en leche que sirve también de ambrosía”. –“¿Y los niños? - Son tres mis angelitos, tres mis adoraciones. En la mañana los veo perderse en el camino, van a la escuelita rural llenitos de alegría”.
Ella está en el marco de la puerta de su nido, sentada cómoda en un banco de madera empobrecida, en el piso de piedra una totuma con agua para saciar la sed de la fibra. Otros manojos de iraca cuelgan como cortina. Un gato pequeño juguetea sin preocupaciones con los hilos porque el perro duerme el sopor del medio día. La radio fija en el dial su emisora, que reparte con sus ondas mágicas un rosario cargado de rogativas.
-“Tejer es ilusión pasajera, hago dos sombreros por semana” -Dice mientras revisa que la trama ha quedado pulida. –“Tejer para prolongar la tradición de mi familia”. – “Tejo esperanza, ilusión y sosiego, con el ideal que mi sombrero un día, lo luzca un hidalgo caballero”. Y es que ella lo hace hasta ver morir la tarde con sus colores de fantasía; es cuando que llega su esposo, sus tres hijos, su familia.
Continué flotando en el camino de hojas secas siguiendo las huellas del tiempo que horadaron profundos canelones por donde circuló el indio, el colono, el arriero. Como sangre que viaja por las venas llevando vida.
(Sin referencia del autor)

3 ene 2012

DOCUMENTAL
"MOSCAS DE TODOS LOS COLORES"
Es una crónica que cuenta el surgimiento del barrio Guayaquil entre los años de 1894 a 1934, basada en el Libro “Moscas de todos los colores” de Jorge Mario Betancur 
Es el resultado de las voces y letras que narran desde la vivencia y la experiencia, la historia de una ciudad (MEDELLIN) que tomo vida por sí misma, que fue solitaria y silenciosa hasta el día que muchos le hablaron o la golpearon, la ciudad de la voz fuerte, agresiva y desde siempre orgullosa pese a los sucesos ocurridos en su entraña. El barrio Guayaquil es uno de los más controvertidos e importantes barrios de esta ciudad, el barrio donde se desarrolla esta historia, donde se encuentran LAS MOSCAS DE TODOS LOS COLORES.

30 dic 2011

TODA MI OBRA ES SUEÑO
DOCUMENTAL SOBRE FERNANDO GONZÁLEZ
Este es un pequeño documental Ligado a Eduardo Escobar (el poeta), pero más que a él, a Fernando González (Filosofo Envidadeño) quien hizo acompañado de Don Benjamín (Jesuita Predicador) un viaje a pie de Envigado a Manizales, historia que relata en el libro “viaje a pie” publicado en el año 1929. En esta ocasión es el mismo Eduardo Escobar quien hace el recorrido en búsqueda del Universo Literario que envuelve aun a Fernando González.