17 mar 2012

EL TRÍO INSTRUMENTAL
MORALES PINO
Creado en Buga, Valle, en 1936, el Trío Instrumental Morales Pino es reconocido como la agrupación instrumental de más alta perfección interpretativa de nuestra música andina en la historia del folclore nacional.

Lo integraron Alvaro Romero, su director, guitarrista de maravillosa técnica nacido en Cali en 1909 y fallecido en la misma ciudad en 1999, Peregrino Galindo, uno de los mejores tiplistas de la época, nacido en Cartago en 1906 y fallecido en Cali en 1986, y Diego Estrada, el más joven del grupo, Bugueño, ejecutante virtuoso de la bandola y discípulo del Maestro Manuel Salazar.

El Trío Morales Pino tuvo su sede en la ciudad de Cali en donde deleitaron por espacio de casi treinta años a los amantes de nuestra música instrumental con sus interpretaciones absolutamente perfectas de la música regional andina.

Los tres grandes maestros integrantes del trío Morales Pino fueron también excelentes compositores y arreglistas y han dejado para la historia, tanto a nivel personal como con su famoso trío instrumental, un amplio material discográfico.
Tomado de colarte.com
SILVA Y VILLALBA
 Este dueto está compuesto por Rodrigo Silva y Álvaro Villalba, muchachos jóvenes en el mundo de la música que durante el concurso, en 1968 "Orquídea de Plata", fueron escogidos como finalistas, y desde ésta época ellos se dedicaron profesionalmente a cantar a Colombia y por Colombia.
Y con mucho más por decir, pero con mayores deseos de compartir, la botella deja a su disposición algunos  de los temas más representativos de este dueto y del repertorio musical Colombiano, algunas composiciones de don Rodrigo y otras de maestros como Miguel Ospina, Oscar Fajardo y Jorge Villamil.

16 mar 2012

EL PATIO
DEL TANGO
Darío Ruiz Gómez 

Las palabras nos hacen, nos moldean, nos retrasan o adelantan en el tiempo interior que van alcanzando nuestras vidas. Tiempo interior que nada tiene que ver con el llamado tiempo de la Historia, o sea con aquello que sucede en la exterioridad, en la vida política y social. Al llegar a los cincuenta me decía alguna vez Aníbal Moncada, ya uno no cumple años sino que empieza a dejar de cumplirlos. Y lo aseveraba con la mirada extrañamente respetuosa de quien, como él, había transitado por entre dificultades y azares que son en el tráfago de la vida de las gentes populares algo más que simples anécdotas en boca de quienes reducen ese azar propio de la vida a superfluas anécdotas.

Cuando pienso en el Guayaquil que describía Aníbal Moncada me estremezco frente a aquellas tumultuosas imágenes de gentes viviendo en medio de una marejada incesante de crueldad, de desafiante violencia paradójicamente necesaria para lograr sobrevivir en territorios abandonados por la ley y cuyos propios códigos de honor constituían el único vinculo ético para lograr que la existencia no se dejara ir del todo hacia la vorágine de lo peor. Esto del cuchillero, del compadrito, un destino sin destino, lo percibió Borges con su crónica lucidez: el baile, la música representan un espacio autónomo donde lo lúdico es la respuesta a la muerte, al dolor, al sufrimiento, convirtiendo la ceremonia en metáfora de la condición humana y expresión de un instante que solo se repite cuando en el tiempo y los días se reinicia la ceremonia con la presencia de los muertos.

Sin voz, atento solo a lo que significa vivir entre esas músicas y letras tomadas como un origen propio, Aníbal Moncada fue testigo de todos los infortunios que las distintas violencias arrojaron sobre la vida de Medellín, sobre el arrabal que solo buscaba frente al atropello aspirar a esa calma necesaria para que la nostalgia se adelante a la hora de la muerte, para que los niños de la calle se sorprendan de su propia lucidez. Ahí a su lado desfiló el terror y la infamia de lo peor mientras Aníbal Moncada sostenía impasible ante los ejecutantes de esa crueldad que el baile y el canto constituían el área sagrada que se debía respetar. Por eso no se fue de su barrio ni cayó en el error de convertir su santuario en un escenario turístico maquillado.

Alguna tarde empezada ya la noche un automóvil se detuvo y se le acercó una moto con dos muchachos que recibieron una metralleta y algo espeluznante, una foto. El Gordo me miró indicándome la vigencia de los territorios que frente a su santuario se tocaban y que le permitían ser respetado en un lugar caracterizado por la extrema dureza de la violencia. El código adquiría su dimensión verdadera, los límites se respetaban frente al crimen y al delito que esos otros habían asumido. La fuerza sobrecogedora de la música, la persistencia de un ámbito social de enamorados de una forma de canción en extinción, ceremonia secreta de clandestinos oficiantes, el tango aquí en esta desolación alcanzaba un porqué, una razón de existir como expresión de firme resistencia de amistad, de realidad verbal transfigurada por la poderosa capacidad de un narrador convirtiendo en leyenda aquellas situaciones y llevándolas hacia las letras y las melodías donde la vida era triste y nostálgica, pero no infame.

Yo no sé si eso sea el tango o si Aníbal Moncada fue un excelso representante de esta música, solo sé, que aquel patio que caminó de Guayaquil al barrio Trinidad, tuvo la propiedad de convertirse para muchos desolados de si mismos en un lugar en el tiempo al cual seguirán para siempre acudiendo.
DOCUMENTAL 
TANGO MEDELLIN 
Medellín (Colombia) se ha convertido en la novia y el patio del tango, una ciudad que se siente honrada de recibir en sus esquinas y cantinas el “aire de tango” que desde hace mas de 100 años se pasa de arriba abajo manteniendo viva la historia, la memoria y el orgullo, porque aparte de ser Montañera  y Berraca es “Arrabalera y Tanguera”.

Este es un pequeño documental realizado por el Canal Regional Telemedellin en el año 2010  sobre La historia del tango en Medellin. 

GRUPO BANDOLA
RETACITOS DE MI PAÍS
 Agrupación fundada en el año 1982 en Sevilla (Norte del Valle del Cauca, Colombia). Su orientación musical se liga a la Música Andina Colombiana pero con un agregado más que los hace “diferentes” al resto de las agrupaciones Colombianas: La fusión de los ritmos tradicionales andinos con ritmos del Caribe, del llano y otras zonas del territorio colombiano (otras que no), dando como resultado una variedad única y con “sello de región” dependiendo del lugar donde sea escuchada su música. Todos los temas que se presentan en este disco son inéditos. Gran trabajo.

14 mar 2012

DUETO 
TIERRA VIVA
Las canciones de Leonardo Laverde Pulido evocan el amor por la familia y la patria, reviven la esperanza y animan a unir voces con un propósito común...

Este bogotano, creador e integrante hace 14 años del dueto Tierra viva, tiene claro que de las obras que ha escrito hasta el momento, aprecia mucho más las que han surgido del fondo de su corazón, aunque todas le toman tiempo.

“Me demoro un poco, no soy muy 'repentista'; me gusta escribirlas y revisarlas. Siempre es un esfuerzo creativo mío el que aplico en mis canciones, que tienen un alto grado de emoción, sinceridad y pasión, para escribir lo que vivo, lo que siento y a quienes amo”.
RAFAEL MARTINEZ
"EL CAZADOR NOVATO"
"Criado en las sabanas de Arauca, formándose como hombre llanero, hombre de caballo y soga, llevando en su pecho el verso sabanero.

Plegaria humana, el Pájaro de la Gloria, La visita de el cazador a Caracas, el cazador novato.

Evitar no es cobardía y muchas más composiciones que le dieron vida al poema llanero, cantantes compositores, estudiosos de la canta llanera coinciden que representa para Colombia y este género de música la Biblia llanera. Sus dichos son producto de su interés por conocer la cultura llanera desde adentro con una dedicación propia de quien se interesa por una cultura que plasma en sus composiciones el actuar propio de el llanero combinado de hechos que en la vida real a el llanero le ocurrió en sus salidas a la civilización .sus temas tienen cierto toque de pro juzgado por los especialistas y público como el verdadero padre de la poesía llanera.

Descubridor de Reyna lucero y Reinaldo Armas, quien fue muchas veces su telonero. Compositor de todos sus temas. Más de 30 discos grabados. en Venezuela ha desarrollado toda su carrera. Estilo puro y raizal puesta a solicitar a la clase dirigente el abandono de su pueblo. Rafael Martínez Arteaga "el cazador novato" nace en Arauca."
"MEJOR GUARDO SILENCIO 
PORQUE HA LLEGADO EL FIN"


Sus piezas partieron de silbidos y se convirtieron en sinfonías. Para el maestro Jorge Villamil la música era tan sencilla y espontánea como silbar y hacer composiciones y por eso en su haber alcanzaron a figurar más de 200 creaciones de primera categoría. Muchas de ellas siguen siendo, después de varios lustros, homenajes sentidos a su natal Huila y pilares fundamentales del folclor andino colombiano.

Nunca aprendió a leer notas, porque la música era al comienzo una pasión alterna, pues sus afectos estaban concentrados en los estudios de medicina, de los que se graduó como ortopedista y traumatólogo en plena década de los 50. Durante su ejercicio profesional en lo que se conoció en la época como el Instituto de los Seguros Sociales se lanzó a los terrenos de la composición en un tiempo en el que las artes no eran bien vistas. “Yo recuerdo que antes la palabra compositor era sinónimo de ‘perro’, porque la música se desarrollaba en un ambiente muy bohemio. Incluso, mis papás al comienzo no estuvieron de acuerdo porque no querían que (dizque) su hijo se torciera”, manifestaba entre risas el creador de temas tan insignes como Oropel, Llamarada, Me llevarás en ti, Luna roja y El barcino.

La primera composición que se conoció de manera oficial del maestro Jorge Villamil se tituló La zanquirrucia, tema con el que no logró mayor divulgación. A esta pieza le siguieron sus grandes éxitos que le dieron la vuelta al mundo en las voces de Silva y Villalba, Carlos Julio Ramírez, Garzón y Collazos, Isadora, Los Tolimenses y Víctor Hugo Ayala, para mencionar tan solo algunos nombres.

 A pesar de que Espumas, Oropel y Llamarada fueron las canciones que más reconocimiento le dieron a Villamil, él siempre manifestó que la más completa tanto en música como en letra es Me llevarás en ti.

“Para mí, una buena composición es aquella que intenta llevar mensaje en su letra, pero que con su música también puede llegar a conmover. Las canciones son el único patrimonio que queda cuando a uno le toca despedirse de este mundo diciendo adiós palomita blanca”, afirmó en una de sus más recientes entrevistas este hombre, que en los últimos años se vio afectado por una diabetes, sumada a la muerte de su hija Ana María Villamil Ospina en diciembre del año pasado.

 Durante la presentación oficial del Gran Concierto Nacional del 20 de Julio, evento en el que el denominado ‘Compositor de las Américas’ recibió un merecido homenaje, Villamil expresó que su máximo ilusión era esperar a que salieran al mercado varias colecciones con sus obras interpretadas en tiple y orquesta. La intención que tenía el maestro con este proyecto era que el público cantara sobre una base instrumental bien desarrollada.

“Mi caso es realmente extraño, porque la persona que no toque ningún instrumento es difícil que componga. Yo, por ejemplo, tengo en la cabeza una pieza sinfónica que se llama Valle de las tristezas y es el avance de España por el terreno del Tolima en el que se encuentran con los paeces y con los pijaos. Yo pensaba hacer esa composición con todas las de la ley, pero ya no lo pude hacer. La tengo diseñada de comienzo a fin en la cabeza, pero yo ya me muero con eso”, comentaba Jorge Villamil Cordovez y al instante siguiente aseguraba que no se arrepentía de nada en la vida, porque han sido pocos los que partiendo de un silbido logran crear toda una melodía.

Tomado de Diario el Espectador,
Autor: Juan Carlos Piedrahíta B.
Año 2010

(A sus 80 años de edad y víctima de una penosa enfermedad, falleció en su residencia (en Bogotá) Jorge Villamil un 28 de febrero del año 2010, después de dos años de su muerte la botella presenta a su nombre y honor un compilado con algunas de sus composiciones bajo la interpretación de dúos y agrupaciones que desde siempre han inmortalizado su música)
OBDULIO Y JULIAN
Dentro de los duetos de música Colombiana del Siglo XX se destacaron varios, entre ellos Obdulio y Julián reconocidos por sus voces y la limpieza de sus interpretaciones y viveza.
CARMEN Y MILVA
AMORÍOS Y OTRAS JODITAS
Carmen y Milva invitan a los instrumentos a sonar renovados, enriquecidos en efectos y matices, pues para respaldar sus voces y su mensaje, fue necesario que bandola, tiple y guitarra respiraran de nuevo y para ello John Jairo Claro y Fernando Remolina han tenido que volar con sus arreglos, pues estas artistas es mucha la cuerda que piden. 
JORGE ARIZA 
VUELVE EL REQUINTO
 Este gran intérprete y compositor, nacido en Bolívar (Santander) en 1927 y fallecido en 1993, es bien conocido por ser uno de los maestros del Requinto Colombiano y ser uno de los impulsores del folclor del Santander y sus ritmos, como el Torbellino.DESCARGA

11 mar 2012

LUIS A. CALVO
PARADIGMA DE LA MÚSICA PARA PIANO
EN COLOMBIA
Por: Ellie Anne Duque

Luis A. Calvo (Gámbita, Santander, agosto 28 de 1882 - Agua de Dios, abril 22 de 1945) llegó a Bogotá en 1905 en busca de una educación musical formal en la Academia Nacional de Música junto a los profesores Rafael Vásquez Flórez y Guillermo Uribe Holguín. Allí estudió una gran variedad de instrumentos, entre ellos el chelo, y llegó a desempeñarse como instrumentista de la orquesta de la Academia (luego Conservatorio). Su experiencia musical anterior había sido intensa, pero limitada: ejecutante de bombo, platillo, bombardino y violín en Tunja y pistón en la Segunda Banda del Ejército en Bogotá. Para Calvo la música fue su vocación, carrera y profesión. Junto a Pedro Morales Pino y su célebre Lira, cultivó la música popular andina. El ímpetu de su carrera en Bogotá se vio frenado por el contagio de la lepra en 1916 y su retiro hacia Agua de Dios, la Ciudad Martirio.

El mayor logro musical de Calvo se da en el terreno de lo pianístico (ver Credencial Historia Nº 72, diciembre 1995, pp. 12-15), si bien no se puede desestimar su interés por la canción y tampoco se pueden ignorar los logros pianísticos de sus contemporáneos. Sin embargo, hacer referencia a dos de sus obras, Malvaloca y Lejano azul, es para muchos mencionar auténticos paradigmas de la música para piano en Colombia. El atractivo indiscutible del repertorio de Calvo es el del impacto afectivo de su fértil imaginación melódica y la exitosa amalgama que acusan sus creaciones entre lo popular y lo elaborado.

Se traduce en la obra para piano de Calvo un hecho evidente, un talento musical natural que recoge pocas influencias externas que no sean las de la música que permeó su juventud. Se pueden detectar giros en la obra de Calvo que evocan fugazmente referencias preexistentes. Tal es el caso de quienes asocian no sólo el título, sino las sinuosidades de su Arabesco, con el célebre Arabesco Nº 1 de Debussy; ornamentaciones que de inmediato nos recuerdan la música de Chopin figuran de manera evidente en el capricho Cartagena y en el preludio Spes Ave; la gavota Cecilia sorprende con su introducción densa y el toque clásico y casi mozartiano de la siguiente sección.

El genio romántico de Calvo radica en la facilidad con que produce una melodía tras otra en los contextos rítmicos más disímiles. Cada obra es un poema musical secretamente personalizado. Las piezas para piano de Calvo no son descriptivas, sino evocadoras. No hablan de eventos, sino de sentimientos, y de la manera más directa. La vida de Calvo no se divorcia fácilmente de su obra. Conoció la tragedia, el destierro y el desprecio social. El número total de composiciones de Calvo es de más de 160. Las piezas para piano son en sus conjuntos refinados y elegantes; las danzas, delicadas; los pasillos, ingeniosos; los intemezzi, sugestivos y los valses, encantadores. Obras pensadas para una sociedad idealizada, a la cual no le era permitido pertenecer. A ella dedicó su vida.
(Tomado de: Revista Credencial Historia 
de la Organización del Banco de la República, 
Diciembre de 1999) 
PEDRO MORALES PINO 
1863 - 1926
ALTAVOZ DE LA MÚSICA ANDINA
Si en la música erudita o académica el mayor exponente colombiano fue Antonio María Valencia, en la folclórica o tradicional fue Pedro Morales Pino. De ascendencia castellana, pues nuestro tatarabuelo fue don Lorenzo Morales y Coronel, nativo de Colmenar Viejo en España. Don Lorenzo vivió varios años en Bogotá y allí murió en 1816, afligido por el fusilamiento de su hijo Francisco Morales Fernández, que ordenó el pacificador Pablo Morillo. Descendientes de don Lorenzo también fueron Antonio y Francisco Morales y Galvis, los del incidente del Florero, el 20 de julio de 1810. Por ello, sobre la puerta de la tienda llamada El Surtido de Cintas hubo una placa de mármol que decía: En este lugar la mano de Antonio Morales plasmó la cuna de la independencia. Hoy ese sitio está ocupado con la histórica Casa del Florero y la placa se colocó en el zaguán.

En Cartago, el 22 de febrero de 1863, nació Pedro Morales Pino, hijo de don José Morales y doña Bárbara Pino, dama de origen centroamericano. Don Pedro estudió luego en la primera academia de música de Bogotá, fundada por Jorge W. Price, composición y armonía con este y con Julio Quevedo Arévalo. Morales Pino llevó el bambuco a su forma escrita en partitura, divulgándolo extensamente aquí y en el exterior.

Destacó la síncopa y el rasgueo del tiple, características esenciales de nuestro aire tradicional por excelencia. La síncopa es el enlace de dos sonidos iguales, de los cuales el primero se halla en el tiempo o parte débil del compás y el segundo en el fuerte.

Fundó Morales Pino La Lira Colombiana y viajó con sus integrantes por las tres Américas. Sus discípulos más destacados fueron Ricardo Acevedo Bernal, Fulgencio García, Emilio Murillo, Carlos Escamilla, Luis A. Calvo y Alejandro Wills.

Fue muy destacado bandolista y a la antigua bandola, mezcla de la bandurria española y la mandolina italiana, agregó la nota Fa sostenido y así nuestra bandola tuvo doce, catorce, quince y dieciséis cuerdas. La bandola de 16 es concertista y en manos de un Diego Estrada, Jorge Nuñuz Pontón o Fernando León Rengifo, muestra sus posibilidades.

Don Pedro fue eminente compositor folclórico y profesor de bandola. Dejó muchos pasillos como la serie llamada Joyeles, bambucos como Cuatro preguntas o El fusagasugueño, valses como Ana Elisa, Mar y cielo, Trigueña o Ingrata, y danzas como Genta.

La Lira Colombiana se fundó en 1899 y estuvo integrada por Morales Pino, Carlos Escamilla, Blas Forero, Antonio Palomo, Gregorio Silva y Carlos Wordsworthy. Si Morales Pino fue hasta entonces el mayor divulgador del bambuco, es oportuno recordar en pocas palabras lo que es este aire tonada, canto y danza en Colombia. El nombre Bambuco es español pues se deriva de la raíz griega bamb, que indica movimiento trémulo. Y evidentemente el bambuco vocal muestra este carácter en los calderones del canto. El instrumental en los tresillos del tiple y el coreográfico o danzado en la rutina planimétrica, que también es trémula.

Típicamente mestizo, pues sus melodías son indígenas colombianas, según lo saben los musicólogos que han oído los bambucos de los indígenas kogi de la Sierra Nevada, los de los indígenas páez del Cauca y los del Huila. Pero a su ritmo fue una incógnita hasta cuando el maestro armonista Jesús Bermúdez Silva buscó en España este ritmo y lo halló en las provincias vascongadas, en los aires llamados Zorcico y Charivari, precisamente en los tresillos del tiple.
PEDRO MORALES PINO nació en Cartago el 22 de febrero de 1863 y murió en Bogotá el 4 de marzo de 1926. Hijo de José Morales y Bárbara Pino, en 1877 viajó por primera vez a Bogotá y estudió en la Escuela Nacional de Música, donde en 1897 organizó la Lira Colombiana, agrupación de la que fue director y primera bandola. Con ella recorrió el país y viajó a Panamá, San Salvador, Guatemala y Estados Unidos; en Guatemala se casó con la pianista Francisca Llerena, con quien tuvo cuatro hijos: Alicia, Rebeca, Raquel y Augusto. La Lira existió hasta 1908 y se disolvió en E.U.

En 1912 fundó una segunda, de muy corta vida, pero con la que se presentó en Suramérica. Escribió un método para bandola y otro para guitarra; perfeccionó la bandola agregándole a los cinco órdenes de cuerdas una sexta. En 1980, a la tradición oral de la música colombiana le agregó la escritura, es decir que a cada ritmo (bambuco, intermezzos, valses, pasillo, danza y contradanza) le marcó su estructura precisa. Sus composiciones llegan al centenar; son conocidas Reflejos, Cuatro preguntas, La fantasía, Leonilde.

Publicación de periódico EL TIEMPO, 7 de febrero de 1999.
autor: Guillermo Abada Morales
MÚSICA DEL 
LLANO
"No es nada formal", solo un compilado de música muy representativa de la región de los llanos; varios temas y artistas muy conocidos ya.

9 mar 2012

LA MULERA!

"...Ahí está la mulera. Su trabazón es burda
Porque la hizo el arriero con nervios de una raza.
Ella puede arrugarse pero romperse nunca
Y aunque la manche el barro sigue digna y honrada."
RODRIGO ARENAS BETANCOURT
AUTOBIOGRAFÍA
(fragmento)

Escultor de fama continental; humanista y escritor. Además de Crónicas de la errancia, del amor y de la muerte (Ensayo autobiográfico), el maestro Arenas Betancourt publicó Los pasos del condenado (Bogotá, 1988) y Memorias de Lázaro, Instituto Caro y Cuervo (Bogotá, 1994), prólogo de Vicente Pérez Silva; obras, estas últimas, que contienen conmovedoras revelaciones del secuestro padecido por su autor entre el 18 de octubre de 1987 y el 22 de enero de 1988; al igual que hondas reflexiones sobre el amor, el arte y la muerte.

Retrato de mi pueblo y de mi madre:
Nací en el cerro del Uvital, al norte de Fredonia, en el suroeste de Antioquia, el 24 de octubre de 1919, como primogénito de una de esas ejemplares, irracionales, religiosas y prolíficas familias antioqueñas. El Uvital es un cerro de formación geográfica agresiva, como todo Fredonia, igual que Antioquia. La vida allí es penosa y miserable porque la tierra está negada para la agricultura. No se consigue nada para comer. La tierra está repartida entre pocos propietarios que no siembran sino café en unas partes y en otras dejan pastar sus ganados. Todos trabajábamos con ellos, en sus fincas, como peones, por unos salarios misérrimos. En aquel lugar la naturaleza es bella, armoniosa, solemne y de una luminosidad cegadora. El espectáculo conmueve y a simple vista la vida parece que también es bella y tranquila; pero el hombre no tiene capacidad física o espiritual para superarse y gozar de aquel espectáculo. En ninguna otra parte el contraste entre la miseria, el abandono y el desamparo del hombre y la belleza y la amplitud del paisaje es más dramático y cruel que en estas regiones ecuatoriales. La miseria es telúrica, geológica, del génesis y no es la miseria social de las grandes ciudades, de los países evolucionados. Esta es una miseria sin redención, el drama del hombre que implora su postración de siglos ante divinidades crueles e indiferentes y ante una civilización estulta, regida por el dinero y el egoísmo.

Los domingos, mi madre nos decía: "¡Vámonos al filo a divisar!". En esta expresión tan sencilla está contenida la voluntad psicológica del antioqueño y está ya, configurado, todo mi mundo interior. Sentados en el filo, allá, en la parte más alta del Uvital, las horas transcurrían silenciosas y tranquilas. La vista se perdía en azules distancias infinitas. El corazón soñaba. Al frente de nosotros el "Cerro Bravo" de un azul profundo, cubierto de neblina, un poco más atrás, como un remedo del "Cerro Bravo" el "Cerro Tusa" y allá, al fondo, las crestas de la cordillera Andina. Al lado del "Cerro Bravo", Combia, con su cruz, abierta contra el cielo, Cristo Rey aún no estaba. Al pie de Combia, el pueblo, el reguero de casas rojas, como una alegoría de pesebre navideño. En el extremo izquierdo, las hondonadas del Cauca y, en el extremo derecho, los cerros donde están Titiribí, Armenia de la Mantequilla, Angelópolis, Amagá, El Pedrero. Desde entonces, una recóndita saudade, una misteriosa nostalgia me acongoja y carcome, y una sed insaciable de remotos horizontes me taladra el corazón. Nostalgia y saudade congénitas, consubstanciales al existir, principio y fin de los primeros actos así como de la creación y los viajes en los años maduros.

Hablábamos de muertos y aparecidos, de viejos recuerdos familiares, de lo ingrato de la existencia, de las dificultades para conseguir el pan de cada día en los cafetales y en medio de aquella naturaleza bella, pero cruel y despiadada. Los cerros se teñían de rojo, del rojo del sol de los venados. Las nubes, los arreboles, se hacinaban en tropel en el horizonte y pienso que, desde aquel entonces, mi espíritu estuvo impactado para imitar las nubes, su ingravidez, su frágil profundidad.

La noción de la vida entre mis parientes campesinos es dramática y pesada... vida muy rudimentaria, sin alicientes sociales, culturales o espirituales para gozar de la existencia. Viven sólo para morir. La vida está ensombrecida por la obsesión de la muerte y del castigo eterno. Muchos de mis parientes son todavía analfabetos. Tienen entre ellos éxito los curanderos, los yerbateros, los adivinos, los magos, toda esa laya de explotadores de la ignorancia y de la buena fe. Para ellos la naturaleza, la noche, el agua, el aire, los árboles están poblados de fantasmas, de endriagos, de íncubos o súcubos, de brujas y duendes, aparecidos y espantos. Son animistas y en virtud de ello, todos los seres están poseídos por espíritus del mal. El menor signo: el canto del gallo, el trino del ave, alguna voz en la noche, el ruido del fuego, el tronar de la madera, la fosforescencia de las raíces o la persistencia de algún insecto son señales de desgracia y casi siempre de muerte. Algunos de mis parientes se han convertido en propietarios de grandes extensiones de tierra; pero no han salido de su condición de hombres primitivos, sin idea del alfabeto, de la cultura y de la civilización. Mi padre, por esas intuiciones propias de los seres sensibles, siempre quiso que nos fuéramos de aquel lugar y para ello hizo sacrificios inenarrables.

Mi mundo está visto a través de los ojos azules y límpidos de mi madre que es una mujer campesina, cósmicamente religiosa, de temperamento inflexible y con una resistencia masculina para el trabajo, que se empeñaba en enseñar a leer a los humildes. La noción que tengo del sufrimiento, del llanto, de la angustia, la aprendí de ella, de su inmensa disposición para sufrir la adversidad. Desde entonces, para mí el mundo es, como para ella y por ella un verdadero valle de lágrimas y un congojado peregrinar hacia la muerte. Desde entonces sé, también, que no existe otro consuelo sino el amor, sé que por el amor vivimos, sé que por el amor sufrimos, sé que por el amor el espíritu arde, sé que por el amor estamos ligados a todos los seres y a todas las cosas.

Mi madre está unida a todas mis experiencias de Fredonia. No puedo, no podré nunca, olvidar su imagen cuando en medio de la noche cerrada recorría los caminos de la montaña, llevando en brazos el cuerpo de mi hermana enferma, en busca de las medicinas naturales; la sangre caliente del novillo, las vísceras palpitantes y las plantas aromáticas. En medio de la noche campesina, poblada de espíritus, de arcanas voces, yo sentía morirme de miedo, mi madre estaba imperturbable y tranquila. No he visto una energía mayor acumulada en un cuerpo tan pequeño y frágil. 

La imagen de mi madre, en esas noches, es para mí, la representación de la vida en lucha con la muerte. La suprema y bella configuración de la esperanza. Si algo aprendí de mi madre fue la tenacidad, la fe, la seguridad en sí misma. Con estas armas he caminado por el mundo, llevando una hirsuta bandera vegetal y un arisco espíritu que busca reproducir en imágenes la vivencia del "Cerro Bravo".

Mediante esfuerzos sobrehumanos de mi padre fuimos a parar al pueblo. La vida en él era igual de difícil que en el campo. Había entre los desheredados tanta hambre como en el campo. No era aquel el paraíso de la justicia. Los hombres estaban sometidos a tres o cuatro señores del pueblo por medio de deudas, de compadrazgos y de arrendamiento en las fincas y en los almacenes. Los motores sociales fundamentales eran la religión, la política (la violencia), el dinero y el amor. El pueblo empollaba bajo las vigilantes torres de la iglesia. Los hombres tenían poco que hacer y se dedicaban al alcohol, al ocio y a las rameras. Cuando empecé a crecer el pueblo estaba dividido en castas. 

Familias "buenas" y "malas". Familias "bien" y ricas, familias "malas" y sin nada que llevarse a la boca. Era, para mí, un espectáculo conmovedor ver los gamonales cargando el palio, tan circunspectos y tan cerca de Dios y del padre eterno. Mi padre hubiera manchado el palio si lo llega a tocar. Yo aceptaba que aquél era un lugar que les pertenecía por designio y disposición carismáticos. Estos buenos gamonales ejercían, en forma absoluta, el poder en mi pueblo. La masa, la inmensa masa, éramos las familias pobres, "malas", astronómicamente numerosas, que buscábamos el alimento, como un ejército de hormigas, saqueando los cultivos y mendigando en las fincas. La miseria en Fredonia se debía a la injusticia en el reparto de la tierra y a la ignorancia y puede que también al hecho de que todos queríamos llegar a ser gamonales por medio de la providencia divina. Las gentes de Fredonia no tenían recursos materiales y culturales para explotar la tierra.

Sufrí mucho y fui feliz. La miseria no era como para echarse a llorar. Conocí la vida en toda su agria magnitud. Una de mis hermanas murió una noche, en mis brazos. A mis hermanos enfermos yo los cuidaba. No guardo ningún rencor. He comprendido, en la juventud, el corazón de la duda, del dolor y de la desesperanza.

Cuando me fue posible, inicié el éxodo como remedio a todos estos males. Ahora entiendo que se debe a las malas circunstancias en que viven las familias campesinas, la heroica fuerza migratoria de los antioqueños. Recuerdo aquellas caravanas de campesinos que partían, con sus muy escasos bienes, hacia el Cauca Arriba. Todas las muchachas que se robaban se las llevaban para el Cauca Arriba, decían mis padres. Algunos venían del Cauca Arriba, como maestros del juego "al arma". Se trataba de la leyenda del Dorado en el Valle del Cauca, en el Quindío, en el Risaralda. Cansados con la miseria, en las lomas, los antioqueños, decidieron bajar a los valles.

Me tocó en suerte darme cuenta de mi existencia y por ende de la de Fredonia, en el momento mismo en que la civilización se iba metiendo por esos vericuetos a golpe de esfuerzo y de audacia. Me tocó ser testigo de la llegada del primer automóvil. Vi cómo crecía la línea de tierra que llevaba a Palomos el ferrocarril. Oí, al lado de mi tío, el ruido infernal que producía el primer avión que paso por sobre Fredonia. Viví aquel momento de los primeros gramófonos, de las primeras cámaras fotográficas y de los primeros radios.

He visto a Fredonia desde los abismos del sufrimiento y desde los júbilos del sueño. He conocido a Fredonia persiguiendo los sueños en la infancia, cazando las ilusiones en la adolescencia y buscando a Dios, los ojos de Dios, en sus criaturas. En Fredonia añoré al mundo; en el mundo, añoré a Fredonia. Para mí, la patria, la inmensa patria, es tan grande y pequeña que cabe en un dedal. Es ese pequeño pedazo de tierra al cual puedo asimilarme como ceniza o rescoldo fulgurante. La patria es ese paisaje que vive en mí como recuerdos, vivencias, amor transubstanciado, leves susurros vegetales, agridulce nostalgia y perpetua actitud de rebeldía.
Rodrigo Arenas Betancourt. 
México, D.F., Axotla, marzo de 1962.
Retrato de mi pueblo y de mi madre en Lecturas Dominicales
de El Tiempo, Bogotá, julio 8 de 1973.

8 mar 2012

LUZ NIYIRETH ALARCON
DE NORTE A SUR
Cantautora originaria del departamento del Huila al sur de Colombia.
Su amplia trayectoria musical se refleja en siete producciones discográficas, primeros puestos en los concursos más importantes de la Música Andina Colombiana, entre ellos el "Festival Mono Núñez", innumerables conciertos en Colombia y en otros países como México, Francia, Chile y Ecuador.
LA MÚSICA ANDINA COLOMBIANA EN LOS 
ÚLTIMOS 30 AÑOS
Apartes del proyecto de investigación LA MÚSICA ANDINA COLOMBIANA EN LOS ALBORES DEL SIGLO XXI de John Jairo Torres de la Pava

(Publicado en la separata especial de los 30 años del periódico El Mundo, con el título Un fortísimo para nuestra cultura, el 20 de abril de 2009)

Los orígenes de nuestros aires musicales tradicionales se encuentran en el mismo crisol en el que se fundió nuestro mestizaje. En nuestras músicas confluyen no sólo razas, también culturas, y el resultado es una fusión continua de sonidos, ritmos, palabras y sentimientos. Durante dos siglos pasaron de padres a hijos, trasegaron por nuestra geografía, sufrieron deformaciones y transformaciones. No tenemos testimonios escritos (en un lenguaje musical) ni sonoros de cómo eran esas manifestaciones antes de las postrimerías del siglo XIX, pero lo cierto es que unas sobrevivieron y se aferraron como árboles gigantes a su tierra, y que otras se quedaron en el olvido de los años, enterrados por la desidia o por el desinterés que siempre hemos demostrado por lo terrígeno.

Sin duda alguna la incursión de los músicos académicos en los aires tradicionales y populares colombianos nos abrió un panorama jamás imaginado y la posibilidad de contar con testimonios escritos de las obras musicales populares recopiladas por ellos y las creadas a partir de este momento. Varios elementos contribuyeron a que, en relativamente poco tiempo, la música andina colombiana alcanzara, a principios del siglo XX, un nivel de excelencia y se generara una naciente nueva cultura musical con características muy propias: la llegada al país en el siglo XIX de músicos europeos, el hecho de que muchos de nuestros músicos estudiaran en las mejores academias del país y que muchos de ellos continuaran su formación musical en el exterior.

Pero no sólo la academia realizó el trabajo. También aportaron los músicos empíricos, unos con formación musical autodidacta y otros totalmente “analfabetas musicales”. 

Algunos de los aires tradicionales folclóricos de las diferentes regiones del país se convirtieron en la cédula de identidad de nuestra cultura ante el mundo. Los casos más representativos son sin duda, y en su orden, el bambuco, la cumbia y el vallenato. El primero a principios, el segundo a mediados y el tercero al cerrar el siglo XX e iniciar el XXI. El comienzo de ese convulsionado siglo XX fue testigo de una de las épocas gloriosas de nuestros aires tradicionales. Los autores y compositores e intérpretes gozaron de gran popularidad, sus obras fueron cantadas, tocadas y difundidas profusamente por todo el continente.

En la década del 40 se promueve un movimiento nacionalista a partir de la música colombiana por parte del Estado central y la clase dominante. Intento que coincidió con la expansión capitalista impulsada por la bonanza cafetera, el tímido proceso de modernización de algunos aspectos de la vida social y cultural del país así como con la irrupción de la radio como medio masivo de comunicación.

Entre 1930 y 1970 ocurre el “boom” de los duetos. Dos voces, un tiple y una guitarra o dos voces con guitarra y requinto. Las voces eran muy recias y sonoras, manejaban una armonía muy simple: uno hacía la primera y otro la tercera (llamada comúnmente la segunda voz). Las casas discográficas dedicaron gran parte de sus presupuestos para grabarlos y promoverlos en la radio. Las ventas de la música colombiana se incrementaron y esto impulsó la aparición de nuevos compositores y de gran cantidad de canciones en aires tradicionales, no todas bien logradas. 

Por la década de los 70 ocurre un “adormecimiento” tanto en la producción como en la difusión de nuestra música y de sus cultores, causado en gran medida por la aparición del rock and roll y por la invasión de la cultura Norteamericana a través de todos los medios de comunicación. Fenómenos como El Club del Clan acaparan la atención de la radio y de la televisión.

En los años 80, con la consolidación de los festivales y concursos, como “El Mono” Núñez y Antioquia le Canta a Colombia, se establecen las bases de una época que albergaría a una camada de jóvenes inquietos que gestan una nueva propuesta a partir de los aires tradicionales andinos colombianos. 

La música colombiana vivió las más grandes transformaciones durante el siglo XX. Las influencias de los poderosos medios de comunicación que trajeron consigo nuevos sonidos, nuevas formas melódicas y armónicas, nuevos lenguajes y nuevas técnicas desde distintas partes del mundo –especialmente de Norteamérica, México, Cuba y Argentina–, son notorias. Hoy nuestros aires están impregnados de elementos foráneos, algunos enriquecedores, otros no tanto. Las fusiones no van a parar, las influencias seguirán con más fuerza, porque el mundo es cada vez más compacto y más cercano. Pero nuestra música tradicional nació de las influencias que nos trajeron los conquistadores y los esclavos, y esos conquistadores sólo han cambiado de lugar y de nombre. 

He llegado a pensar que más que amantes de la música tradicional colombiana somos amantes de épocas de la música colombiana. A mis padres siempre les encantó la música de los duetos del estilo de Obdulio y Julián, Garzón y Collazos, los Hermanos Martínez, y cualquier otra forma de interpretación de nuestros aires les parecieron raros o deformantes de la tradición. A mis abuelos en cambió les gustaba más la música que hacían agrupaciones como las Liras Antioqueña y Colombiana y las Estudiantinas. A los de mi generación nos gusta más la música que nos propusieron la Estudiantina Nogal, el Trío Nueva Colombia, el Grupo Cuatro Palos, el Grupo Café Es3, Guafa Trío, el Grupo Camerata y el Conjunto Ebano; algunos duetos (con voces armónicamente más elaboradas) como Nueva Gente, Sombra y Luz, Carmen y Milva, Diana y Fabián y Primaveral; los grupos Nueva Cultura, Puerto Candelaria y Septófono, y los solistas vocales Niyireth Alarcón, María Isabel Saavedra, Carolina Muñoz, Juan Consuegra; por citar sólo unos pocos. 

En una época en la que los medios de comunicación imponen músicas de otras latitudes, algunas de buena calidad compositiva e interpretativa, un gran porcentaje cantadas en otros idiomas, otras que hacen apología al mal gusto, al vicio y a la vulgaridad, de pésima calidad en todos sus aspectos; sobrevive, en un grupo muy reducido de colombianos, el amor por una música que se niega a desaparecer y que tiene su espacio de difusión en más de cien concursos y festivales, en unos cuantos encuentros y conciertos y en unos pocos espacios radiales y televisivos. 

¿Estaremos siendo testigos de los últimos estertores de nuestra música andina colombiana, o estaremos asistiendo al renacimiento de un género en el que cada vez hay más jóvenes creadores e intérpretes (especialmente venidos de la academia) involucrados?¿Qué habrá qué hacer para que en los medios de comunicación se escuche nuestra música, esa que sigue oculta, esa que pertenece a una cultura local indefensa ante los embates de la globalización, de las modas pasajeras y no tan pasajeras que imponen los medios de comunicación comerciales? ¿Será acaso que a los colombianos no nos gusta nuestra propia música? ¿O no la difunden porque no produce “rating” y no es “comercial”? ¿Será que sólo le gusta a un reducido grupo, o pertenece a alguna clase social, o a un rango de edad? ¿Estará pasada de moda, con temáticas campesinas o rurales, monótona y solo para parroquianos? ¿La globalización ha acabado con lo nuestro? ¿Será que la verdadera música colombiana es la que triunfa desde el jet set farandulero de Miami, Los Ángeles y Nueva York?

Se hace urgente fortalecer nuestra esencia a partir del conocimiento de nuestras raíces y del desarrollo y evolución de nuestras manifestaciones musicales. 

La falta de difusión de nuestra música andina colombiana le ha negado al gran público la posibilidad de conocer y disfrutar un género rico en armonías, melodías y textos de gran factura, le ha negado además el disfrute de las más maravillosas voces e interpretaciones de verdaderos virtuosos, artistas que han dedicado su vida al perfeccionamiento de técnicas interpretativas y que superan, con creces, a tantas “estrellas” que promueve la fuerza publicitaria y mercantilista de la música.

Hoy, como en ninguna otra época, hay compositores, intérpretes, discos y festivales de música andina colombiana; pero esta carece de difusión, apoyo empresarial, apoyo estatal y cultural decidido y de público oyente.
LA CASA DE LOS 
ABUELOS
Fatigado viajero: no sigas tu camino
Sin antes ver las sombras que habitan esta casa.
Aquí duermen los hitos que alzaron el destino
Y escribieron la historia vertical de una raza.

Entra, buen caminante. Te presento al abuelo.
Se murió de hidalguía al pie de su palabra.
Cuando cerró los ojos, comprendimos que el viejo
Tenía en sus cenizas los reflejos de un hacha.

Noventa años de lucha detuvieron su sangre
A la orilla rebelde de su bíblica barba.
Quienes le conocieron, juran que ya en la tarde
El abuelo era un bronce debajo de una ruana.

Fue joven cuando Antioquía despertaba en las cumbres
A golpes de zurriago el himno de una casta.
En vez de cumplir años cumplía virtudes
Y al morir era un monte de Bienaventuranzas.

Trabajó simplemente. Su hoja de servicios
Tenía más estrellas que una noche del Cauca.
Cuando le apuntó el bozo, le apuntó en el camino
Mirando a Dios de frente y arreglando las cargas.

El corazón del viejo era un reto a la vida
Nunca esperó el futuro. Fue un yunque de esperanzas.
Por eso cuando el pulso se le apagó, tenía
Ya lista la mulera para el viaje del alma.

Levantó caseríos y sembró sin fatiga
Su sangre y sus canciones en surcos de montaña.
El abuelo fue prodigio lo mismo que una espiga
Y envejeció en la altura igual que un campana.

No sigas caminante. Entra en este recinto
Y admira lo que hicieron los hombres de mi raza.
Aquí todo es añejo, tiene sabor a vino
Y duele dulcemente con dolor de nostalgia.

Empecemos la historia por este Crucifijo:
Perteneció a la abuela, una mujer tan santa
Que con igual paciencia y con el mismo hilo
Remendaba las penas y su ropita blanca.

Fue una ancianita noble, con Dios en todo el cuerpo,
Toda llena de arrugas y de fechas lejanas.
Una mujer inédita que zurcía recuerdos.
Y con catorce hijos era tímida y casta.

Frente a este crucifijo la abuelita pedía
Por todos los que fueron cilicio en sus entrañas.
Y la abuela rezando se quedaba dormida
Sin soltar de los su rosario de lágrimas.

Este viejo rosario de chaquiras silvestres,
Ya casi tiene un cielo florecido de canas.
Por sus cuentas pasaron el dolor y los meses
Llevando de la mano oraciones descalzas.

La abuelita fue casi un álbum de cenizas,
Con renuncias en casi todos los rincones del alma.
Orando por sus hijos se le apagó la vida
En silencios de aceite lo mismo que una lámpara.

 Éste es un tinajero. Un corazón de barro
Que se pasó las horas acariciando el agua
Gota a gota ha medido inviernos y veranos
Y ahora está cediendo repasando distancias.

Si él pudiera contarnos los íntimos secretos
Que vio en los corredores vetustos de esta casa.
Nos diría que entonces, si lloraban los besos
Era porque el hermano mayor no regresaba.

Aquí está la totuma. No es el rancio abolengo
Ni se curva en pulidas y hermosas filigranas
Simplemente es el vaso que hizo un Dios-alfarero
Y Dios hace los vasos redondeando la savia.

Este "taciso" humilde y ya casi olvidado
Fue antaño un instrumento de gloriosa prestancia.
Dicen que él es culpable del Sol de los Venados
Porque cortó el crepúsculo cuando cortaba caña.

El azadón que miras, llevó por muchos años
El futuro de Antioquía cargado a sus espaldas.
Por eso está encorvado y por eso el trabajo
Lo incrustó en los cuarteles maiceros de su heráldica.

Ahí tienes la mazorca. Sus granos no son de oro
Pero pesan lo mismo que pesa la montaña.
Si Antioquía se muriera, de una mazorca en polvo
Renacería más grande y con mayor pujanza.

Te presento el trapiche. Su violencia es tan dulce
Que si llora pulpa, llora de enamorada.
De su queja inocente como de niña núbil
Aprendieron el ángelus que rezan las campanas.

Ahí está la mulera. Su trabazón es burda
Porque la hizo el arriero con nervios de una raza.
Ella puede arrugarse pero romperse nunca
Y aunque la manche el barro sigue digna y honrada.

Este carriel de nutria, de bolsillos secretos,
Guarda un retrato antiguo, dos dados y una carta,
Una flor ya marchita y un rústico yesquero
Para encender tabacos y calentar nostalgias.

Éstas son las pantuflas y éste el escapulario
Con el que entró a los cielos la abuelita lejana.
Éste es el viejo poncho y éste el sencillo herbario
Con toronjil, con paico, con ruda y mejorana.

Te presento el machete y también la peinilla,
Éstos son los zamarros y éstas las alpargatas.
Aquí tienes el frasco aún con veterina
Y allá en los corredores, colgadas las enjalmas.

El fogón de tres piedras aún parece que espera
Que se encienda la lumbre con tizones del alma.
Mira el pilón callado, sin ropa la batea,
Sin aguamasa el bongo, sin aceite la lámpara.

Espera, caminante. El tiplecito viejo
te va a contar como era antaño la nostalgia.
Deja que lo punteen los dedos del abuelo
Y entenderás que tiene corazón esta casa.

 Escucha ese bambuco: habla de "chapoleras"
Y de ojos que parecen luceros con pestañas.
La abuelita tenía piel de canela y seda
Cuando el Viejo querido lo cantó en su ventana.

El tiplecito puede decirte que en la selva
La tierra florecía si sus cuerdas sonaban.
Y es que todo Antioqueño, cuando adora y recuerda
Se aprieta las canciones como mulera al alma.

Aquí tienes el noble orgullo de este pueblo:
Es un blasón de acero al que llamamos hacha
Derribar los robles y de morder los cedros
Se convirtió en pequeña bandera anquilosada.

Y ésta es la Virgencita. Tiene a Dios en los brazos
Y el cielo repetido bajo su frente pálida.
Cuando se despidieron del mundo los ancianos
También se fue borrando el brillo de su cara.

Esa cuna vacía tuvo una vez un llanto,
Y una ilusión pequeña y una sonrisa clara.
No indagues por los nombre. El tiempo fue borrando
Los pequeños detalles de una lejana infancia.

Sigue, buen caminante. Ya te mostré este templo
Donde oficia el pretérito de un pueblo de montaña.
Cuando alejes tus pasos, piensa que los abuelos
Se murieron de honrados sin mancillar sus canas.

Dile a quien te pregunte, que aquí donde el Capiro
Celosamente cuida las ruinas de una casa,
El corazón comprende que ya no es su latido
Como el de aquel abuelo que se murió de ruana.

Dile a quien no lo sepa que aquí bajo este cielo
En donde hasta la espina da su dolor con gracia,
Antioquía sigue siendo tierra de los abuelos
Pero ya no tenemos la honradez de la raza

Ya no cantan los tiples ni florecen los trinos,
Ya no es dulce el trapiche ni es firme la palabra,
Se fueron los abuelos, se nos borró el camino
Y del tiempo pasado sólo queda esta casa.


JORGE ROBLEDO ORTIZ

2 mar 2012

CANTINAS Y FONDAS
 El ambiente es europeo, suena algo de rock’n roll clásico, se ven algunas cervezas extranjeras y en la entrada dice “… pub”… no, no es Inglaterra, ni Irlanda, es Bogotá. Así es, la cultura del pub ha llegado a esta ciudad, aunque la cuestión no es nueva, pero últimamente se ha puesto de moda.

No es que estemos en contra de ello, no somos tan paranoicos como para despreciar todo lo que venga de fuera, pero también hay que recordar, que mas allá de lo que quieren hacer ver algunos, los pubs no representan en nada a Colombia, ni su gran cultura. La proliferación de estos bares para estos recientes años ha sido de gran escala, al igual que la cultura de las cervezas tradicionales, otra cuestión a la que no nos oponemos, y es que tengo que decir, que soy de los que le gusta ir a un pub a tomarse unas buenas cervezas negras, rojas, rubias y del que color que sea. Pero hay también que ser claros, no queremos parecer europeos, y los pubs no son lo nuestro.

Dentro de la cultura colombiana ancestral, los sitios en los que tomaban nuestros abuelos, eran las “cantinas” (del italiano “cava de vino”), bares de arrabal en los que se bebe aguardiente y se escucha música tradicional. Las cantinas en Colombia podrían ser de varios tipos, existen por ejemplo algunas en las que se reúnen un buen par de amigos e incluso familias a degustar un buen aguardiente, unas cervezas y unos buenos tragos de ron, la música que ameniza estos sitios normalmente es la música llamada hoy día “popular”, genero en el que predomina los instrumentos de cuerda, las letras melancólicas y de desamor, sin embargo no eran las únicas, algunas optan por lo más tradicional, en las que se pueden beber unos buenos tragos, al son de pasillos, bambucos, guasca, rajaleñas, guabinas, sanjuaneros y joropos.

Dentro de los ambientes de bares tradicionales colombianos, también existe el de la “Fonda paisa”, un “bar” mucho más tradicional, que suele ser decorado con elementos de la zona paisa (Antioquia) y andina. Machetes, ponchos, sombreros, rabo’e gallos, carrieles, mesas en madera o guadua, botellas de aguardiente, afiches y diversas inscripciones con refranes, coplas y demás elementos típicos de esta zona del país, son la decoración de paredes y el entorno del bar; la música en estos lugares también suele ser la popular junto a la música tradicional campesina o guasca; música caracterizada por letras picarescas, sarcásticas y humorísticas. Las fondas son muy extendidas en toda la zona antioqueña y de influencia paisa (zonas colonizadas por los paisas en el siglo XIX y el siglo XX), es común verlas sobre todo en pueblos y últimamente debido a la migración externa del país en Bogotá ya podemos encontrar unas buenas fondas el mejor estilo paisa.

La existencia de estos “bares, tanto cantinas como fondas, se ha reducido considerablemente, debido a la “elitización” y la pérdida de identidad por parte, sobre todo, de la juventud colombiana, que para estos días pretenden parecer europeos o libertinos gringos a ser lo que en verdad son. Es por esto, que las cantinas se ven como exclusivas para la gente de “´provincia” y en las ciudades se han olvidado estos ancestrales sitios.

Debemos retomar la cantina, la fonda y el bar de barrio.
¡A CONQUISTAR LO NUESTRO!

(Tomado de berraqueranacional.blogspot)