21 jun 2012

PALOMA DE AMÉRICA
A Alberto Lleras Camargo

Te llamabas Colombia cuando
la dignidad fulgía en tus manos áureas,
cuando tus creadores y tus hombres de letras
te ponían en las sienes sus rosas, sus laureles,
su música: cuando eras la azul cazadora de hazañas,
la ceiba de la historia:
cuando tu frente era molde y ejemplo de virtudes
y era serenidad, inteligencia,
honradez, porvenir, genio y figura.

Te llamabas Colombia cuando tus hijos
de erguida sangre patricia,
sobre alados caballos de cascos de relámpagos
bordaban tu bandera con gritos,
con jubilosos himnos,
jurando bajo el cielo ensangrentado
no verte nunca jamás vencida,
ni vejada ni herida ni ultrajada.

Te llamabas Colombia cuando en tu regazo,
agradecida, se sentaba la gloria.

Aquellos dioses fértiles
hicieron de ti la diosa joven
de la Libertad y la Justicia. Ellos te levantaron
y te condecoraron de gestas seculares:
todos esos amantes tuyos fueron
los padres de tus hijos. Porque estabas orlada
de encinas y de robles, de cafetos y mares,
de ríos y esmeraldas, de simones y de córdobas,
santanderes y zeas, liborios y atanasios
y porque eras la muchacha más preciosa
y valiente del Continente limpio.

Te llamabas Colombia cuando la espada diligente
y en trance de victoria, se confundía
con la pluma de fuego en las justas libertadoras,
en las lides del Derecho, del Ideal, de la Justicia,
de la Democracia nítida. Cuando tu nombre
–el más bello que otro país no tuvo nunca–
dejaba por su camino las huellas
de una estrella de futuros y aventaba
a las generaciones venideras
sus semillas de mármol y de bronce.

Cuando tus manos de amazona certera
lanzaba al paisaje enlutecido
sus flechas de oro rútilas
como senderos de esperanza y martirio,
que te conducirían a inmortales destinos,
a remotas auroras. Te llamabas Colombia
porque fuiste amasada con centellas y centauros,
plasmada con besos de planetas maduros
y auxilios de antorchas: porque naciste
de las hojas del pan, del viento y de la fuente.

Jamás un pedazo de tierra
se convirtió en una mujer más pura y más digna.
Jamás parió la tierra una flor más perfecta,
una palma más fuerte y más altiva.
Te llamabas Colombia porque te destinaron los oráculos
a ser entre todas tus hermanas
la Paloma de América. Porque tus labios
promeseros y generosos, destilaban néctares
y tus ojos celestes eran como dos islas
de amor iluminadas.

Hoy te llaman –te llamo– angustia, lámpara dormida,
la Colombia sangrante, agonizante,
la Colombia en pedazos. Hoy te llaman, Colombia,
la que olvidó la ruta, la sonámbula
que se perdió en la noche
para caer en brazos de rudos pecadores
que mancillaron tu túnica, para dejarte luego,
sola, desamparada, en mitad de la calle de la Historia,
del bien y de la lucha.

Yo te llamo la Ausente, la sin risa y sin alas,
la gran sacrificada, la desolada mártir,
la rubia abandonada en las playas del mundo.
Hoy te llaman, Colombia, la corza sin aliento,
sin remos, sin respiro, sin bríos; la fuerza inútil,
el inválido ariete, el brazo sin esfuerzo;
el águila mordida por dientes infernales,
a la que le trocaron el albo caballo de Bolívar
por los toros de raza.

Y te llamo… y no me oyes porque te has ido lejos,
porque te has ido pálida, arrastrada y llevada
por aquellos piratas de la mirada tuerta,
los de barbas malditas y de manos podridas
donde el oro es un crimen.
Llevada por los helados esqueletos robustos
que nunca vieron, turbios,
tu salud, sino el brillo de unas rotas monedas
por Judas acuñadas. Porque jamás, Colombia,
se vio ni olió una vergüenza
igual a esta negra vergüenza.
Y te llamo y no me oyes porque te han conducido
a la sórdida madriguera de las lamentaciones
donde el odio vigila y la ignorancia firma;
allá donde la luz se humilla
y el viento, tu galante, no entra
porque el asco hace caer sus crines
de horizontes. Allá donde las alimañas
celebran sus banquetes diabólicos
y rocían con sangre la carne de tu cuerpo,
Colombia mía, núbil.

De un seminario de héroes se transformaron
en un país de zorros. De fragua de titanes
pasaste a ser fábrica de ambiciones,
gabelas y adehalas. Pero algún día, Colombia,
tornarás a mis brazos, a la verdad, al vuelo,
y otra vez serás la diosa joven
de la Libertad y la Justicia,
el águila de hierro por las alturas libre,
desafiante, tremante, mi Colombia de llamas,
de truenos y fulgores,
mi Paloma de América.

Porque jamás la Tierra hizo de tierra
una estatua tan noble, tan propicia,
porque nunca se vio ni oyó una
Libertad más alta que la tuya.

Ciro Mendía
Abril – 1957
AMÍLKAR-U

Es poco y fragmentario lo que sabemos de la vida de Amílcar Osorio Gómez (Santa Rosa de Cabal, 1940-1985), el más sofisticado y erudito de los poetas del Nadaísmo.

Hijo de una pareja de antioqueños pobres, don Rubén Osorio, sacamuelas de plaza de mercado y doña Elvira Gómez, ama de casa, nació en uno de esos pueblos de la colonización antioqueña en el Valle del Quindío, de extendidas plantaciones de café, casas de bahareque con patios cercados de chambranas, puertas zapotes y lavandas asediadas de araucarias con las nieves perpetuas del Ruiz, Santa Isabel y Santa Rosa como telón de fondo.

Amílkar-U debió estudiar en el Colegio Mayor de los Padres Lazaristas, cuando Santa Rosa de Cabal tenía una gallera, dos billares, tres boticas, una dentistería y el periódico no se publicaba porque el dueño había permutado la imprenta por un tren de juguete. El Seminario, con unos doscientos alumnos y medio centenar de hermanos vicentinos venidos de Francia y España, infundía en los chiquillos la vocación de servicio, a Dios y a los hombres, a través de los oficios manuales y la oración. Allí aprendió francés e italiano y los frisos del latín y griego que lució desde la juventud.

Empujado por la pobreza, dio con la belleza de su pubertad en el Seminario San Juan Eudes de Jericó, donde conoció, siendo su caudatario, a Augusto Trujillo Arango (Santa Rosa de Cabal, 1922-2007), doctor en teología de la Universidad Católica de Washington, muy afecto a John McNamara, a quien el poeta debe, en buena parte, su fervor por el inglés, los seres de su mismo género. Sólo a los veintiuno, merced a los buenos oficios de la escultora judía Feliza Bursztyn (Bogotá, 1932-1982), que acababa de perder a Jorge Gaitán Durán, el gran amor de su vida, disipó su flácida virginidad teniendo trato con primera hembra. Bursztyn, ocho años mayor que él, murió en Paris huyendo del gobierno de Julio César Turbay Ayala que le acusaba de un delito que nadie conocía. Un jueves a las cinco de la mañana, 18 encapuchados irrumpieron en su casa, le vendaron los ojos, desmontaron su cama creyendo que era un mortero, encontraron una pistola inservible y comenzaron, en unas caballerizas donde tenían también a otro poeta de ochenta años, desnudo y vendado, a interrogarla sobre “los polvos perdidos” de que había hablado, a gritos salpicados de obscenidades, en la mansión de uno de los más conspicuos Caballeros de la Orden de Malta, don Ignacio Chávez Cuevas, director del Instituto Caro y Cuervo.

A mediados de 1957, meses después del derrumbe de la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, atormentado por Bretón, Capote y François Sagan, perdió el quinto año de bachillerato, lo expulsaron del seminario, mientras su familia se muda a Medellín, donde ataviado de existencialista parisino, con trajes oscuros y pesados abrigos de invierno frecuenta El Metropol, un tugurio de camajanes, adictos y rateros cercano a la heladería Santa Clara, donde encontró a Fabio Raigoza, “bello como una puesta del sol” y con Alberto Escobar, Guillermo Trujillo y Gonzalo Arango crearon el Nadaísmo.

Al año siguiente, desatendiendo una plaza de maestro de escuela que un político le había ofrecido, con Gonzaloarango, que le vendía como el Jean Genet tropical mientras le arrastraba por La Playa y Junín con una cadena de perro al cuello, iniciaron una gira que debió llevarles a Popayán propagando la buena nueva del Nadaísmo, pero terminó en Cali, con un paréntesis en la cárcel de Manizales, por tres meses, viviendo sobre una estera cundida de bichos en la Pensión Estación, de X-504. Amílkar-U leyó entonces, entre anhelos y deseos producidos por la hambruna, cincuenta libros de místicos y orientales de la biblioteca de Jaramillo Escobar.

Desalentado por el machismo y el misticismo de Gonzaloarango —vigilaba sus encuentros con Michael, un niño de ojos azules hijo de Possie Smith (Rosa Girasol), la entonces concubina del profeta—; obsesionado por el chismoso transgresor que frecuentaba los bares de la 3rd Avenue como estrella del New Yorker y de quien había leído Other Voices, Other Rooms —cuyos personajes habitan un desván como bisutería cubierta de polvo que al soplar reluce como oro revelando marchitos secretos— y la jovencita de la nouvelle vague autora de la Bonjour tristesse que llevaba siempre bajo el brazo, Amílkar-U decide marchar a los Estados Unidos siguiendo el ejemplo de Malgrem Restrepo, otro de sus conocidos de entonces.

Reneé Frei, impía fumadora de tabacos con cuerpo de boxeador y su mimado, el joven poeta David Howie, le llevaron hasta San Francisco, donde viviría por varios años frecuentando vates y budistas como Allan Watts, John Sirio, Steve McCormick, Leek Cong, Dan Hall, John Hiebaut, Jim Tylor y Gregory Corzo. Luego, en New York trató a Allen Ginsberg, Peter Orlovsky, Bob Dylan y Brendan Behan, con quienes coincidió más de una vez en los corredores y bares del Hotel Chelsea, donde iba en compañía del mafioso antioqueño Bernardo Fernández Mesa, propietario de un colosal loft en el Flatiron de la Quinta con Broadway, muy adicto a la entrepierna de las adolescentes de Balthasar Kłossowski de Rola.

Así vivió por años en Estados Unidos hasta la noche que, haciendo gala de sus pericias con “el camino de la mano vacía”, en un bar de maricas de New York decidió emprenderla contra un grupo de locas y travestis que, ofendidos, llamaron a la policía para defenderse de sus furias: no iban ellas, preciosas damas del Greenwich Village, habituales de Studio 54 y Crisco Disco en el 408 West 15th Street, irlandesas e italianas, a dejarse intimidar de semejante morsa descompuesta. Tres patrullas de la policía se estacionaron en la puerta de la discoteca, sacaron a empellones al poeta, pidieron sus documentos y como no los tenía y llevaba más de una década como ilegal, procedieron a repatriarlo. De nada valieron las gestiones de la escultora judía. Entre un grupo de amigos pagaron los boletos de vuelta de su amante olmeca, Efrén Mendoza, y de él, que regresaba a Medellín convertido en el poeta que circula en Vana Stanza y El yacente de Mantegna, pero sin duda, el mismo que había deslumbrado al cotarro con La ejecución de la estatua y Súbete todo en mí o La frente cubierta por el cabello.

Sin que pueda explicarse más que por su trato con Monseñor Trujillo Arango en Jericó o sus heteróclitas lecturas de juventud, Amílkar-U tuvo fama de erudito en lenguas como en teorías literarias. Una de ellas, que partiría de opiniones de Rubén Darío y Edgar Allan Poe, sostenía que la poesía sólo existe en concordancia con la melodía, correlación rota a partir de la aparición del comercio como origen de toda riqueza. La poesía, la música, la pintura y la danza habrían sido instrumentos, herramientas de las liturgias primigenias, unas veces de carácter moral, otras, sagrado. Historias fijadas en la memoria colectiva merced a las repeticiones, aliteraciones, juegos de palabras y rimas que la imprenta creyó obsoletas, y que el capitalismo salvaje ignorará hasta hacerlas automatismos de la vanguardia y el nouveau roman, con sus variantes del méta-roman, roman du soupçon o la italiana “scuola dello sguardo”.

Se sabe que en plena juventud propuso a uno de sus compañeros de viaje el reto de ocupar cinco holandesas sobre una lata de sardinas. El desafiado creyó que se trataba de asociaciones o variantes de textos sobre peces o litorales, Melville o Hemingway, pero no, “se trataba de contar el objeto sin apartarse de su física sombra, de su escueta realidad. Amílcar gustaba de hacer estos ejercicios, parodias de los novelistas de moda describiendo con minuciosidad un muro gangrenado, registrando las estrías de cada ladrillo, recobrando la luz exacta del día con una prosa que era el silencio y la verdad de un mundo sin efugios del corazón”.

Amílkar-U creía también que la lectura en voz alta sólo hace viva la letra del poema evocando imágenes, conceptos, experiencias que yacen en el fondo de la memoria colectiva de cada oyente. Las artes literarias de su presente necesitaban de la voz para combatir las nuevas religiones y resignaciones de los rebeldes vencidos por la cotidianidad. De allí su conflicto con Gonzaloarango, de allí su “el único intelectual del Nadaísmo soy yo”, o “Gonzalo era un beato, un escritor mediocre” y “Ginsberg me aburría mucho, se la pasaba cantando mantras y quemando incienso, diciendo que quería hacer el amor con Fidel Castro...”. “Yo he sido muy racionalista, lo que más me atrae es el racionalismo”.

En los museos de San Francisco y New York y en su trato con los innumerables artistas plásticos de las dos capitales de la cultura completaría sus concepciones de la literatura como un arte visual a partir del ritmo del texto. Como los modernistas Valencia, Darío, Lugones e incluso Juan Ramón, para Amílkar-U pintura y poesía eran los otros extremos de la armonía, porque si la música es análoga a la poesía en sus emociones cantadas y rimadas, la pintura, la música y la poesía lo son en acordes y armonías del color. Quien no se inclina hacia la música y la pintura no podrá ser un auténtico poeta.

Teorías que guiaron las confecciones de muchos de los textos que le sobreviven. Una de las novelas que escribió y hoy están o desaparecidas o en poder de sus herederos, La ejecución de la estatua, ocurre en una plaza mayor, domingo, día de mercado, entre el amanecer y su crepúsculo. En trescientas carillas quien narra imagina la vida tras las ventanas que rodean la plaza. Cuando las sombras ocupan sus lugares llegan los asesinos que producen una masacre. Durante el genocidio, Edipiana, la estatua que representa la madre en todas las plazas de Colombia, es ejecutada mientras los zamuros descienden de las cumbreras de las casas sobre los basurales con la total indiferencia y el silencio de los recién interfectos.

También con la lírica, Amílkar-U estableció una suerte de Verfremdung, como quizás lo habían hecho los Modernistas al desentenderse de un entorno y realidades que encontraban despreciables para la vida y mucho más para el arte. Como Darío, nicaragüense, y Valencia, colombiano, Osorio Gómez tomó el camino del arte, invirtiendo la crónica de la realidad, creando el otro mundo que no halló en las ciudades de su juventud y en los lenguajes de sus compañeros de viaje. Por eso dijo Gonzaloarango que si bien había sido uno de los fundadores del movimiento, fue odiado y admirado hasta el fanatismo por haber erigido la ignominia en estética y degradado los valores hasta el envilecimiento, execrando lo eterno y lo inmundo, el arte y sus amigos.

Su único libro de poemas, Vana Stanza, diván selecto (1962-1984), se publicó en una edición de trescientos ejemplares un año antes de su muerte. En la breve nota introductoria que le acompaña dice que los poemas no están ordenados cronológicamente, no menciona los libros de los cuales proceden y menos recuerda que el autor había sido uno de los fundadores del Nadaísmo. 100 poemas que le han separado, como sucedió con Los poemas de la ofensa de X-504, de las facilidades y fragilidades del Nadaísmo. 100 poemas que le alejan a grandes pasos del acento y las representaciones de Mario Cataño Restrepo, José Mario Arbeláez, Gonzalo Arango Arias, Elmo Valencia o Héctor Escobar.

Vana Stanza es un recorrido memorable por los espacios de la memoria, lugar vacío para siempre de realidad, vano de carne y hueso que nos habita hasta la última hora, testigo único de nuestra marcha por la historia. Como en los poemas de Kavafis que tradujera para la revista del movimiento en los años setenta, un piso de maderas, unos candelabros, unas puertas o sus janelas serán las substancias que repasen las ausencias de la vida y del amor. Recuerdos imaginarios que nacen en las aristas del día o al momento de romperse la luz, bodegones de la carne y el placer, iluminados por surtidores y fulgores del deseo, mármoles del presente, solas presencias del desprecio por la ordinariez de la vida cotidiana, por la lujuria podrida de la infecta carne del capitalismo. El cuerpo como lugar de la ruina del mundo, fragmentos y ultrajes del destino.

“El cuerpo”, ha escrito Omar Castillo, “está presente en la obra de Amílcar Osorio, ya como correlato del universo, como vaso de lo coloquial, como sustancia que nos introduce en los rigores y ejercicios de la existencia, luchando entre las formas y la rutina, ofreciendo sensualidad como trasgresión a la sumisión que implica la ignorancia del cuerpo”.

Con Vana Stanza, como con Los poemas de la ofensa, la poesía llamada colombiana por fin rompe definitivamente con las tradiciones españolas, que perduraron hasta los primeros libros de los poetas de Mito, incluso en su mejor exponente, Gabriel García Márquez, deudor, sin culpa alguna, de la peor poesía del mejor poeta de Piedra y cielo, Eduardo Carranza.

Poesía, la de Vana Stanza, para ser dicha en voz alta, en los aposentos del Renacimiento o en los recintos que guardaban las damas de las cortes de amor, arte de la voz y el ojo, cadencias y compases para la pátina de los sentimientos contemporáneos, las separaciones y jugarretas del destino. Para los fiascos de los nuevos amoríos entre machos, la nueva especie y género que había invadido sin regreso el mundo del siglo que nacía entre las ruinas del Muro de Berlín y el fin del comunismo.

Los labios se entreabren y ya se ha ido el beso.

El amor no es efímero, es efímero el tiempo.

Amílkar-U murió el 12 de febrero de 1985, al caer en las aguas de La Oculta, una laguna de Jericó, donde había conocido la precaria felicidad que deparan los encuentros con quienes una vez se amó.

(Tomado de letralia.com)   

27 may 2012

INVENTARIO DE OBRAS COMPUESTAS POR EL MAESTRO CARLOS VIECO ORTIZ












CARLOS VIECO ORTIZ
Carlos Vieco Ortiz nació el 14 de febrero de 1900 en Medellín, Colombia.  El menor de una dinastía que ha producido por cuatro generaciones numerosos artistas destacados nacional e internacionalmente, no solo en la música sino también en la escultura, la pintura y la arquitectura. 
 
Fueron sus maestros Gonzalo Vidal, (autor del Himno Antioqueño) Jesús Arriola (compositor y director de orquesta español que se radicó en Medellín) y Eusebio Ochoa. 

Considerado uno de los compositores más prolíficos de la historia musical de Colombia, Vieco fue condecorado con la Cruz de Boyacá y con la Medalla al Mérito del Instituto Colombiano de Cultura para destacar entre una veintena de premios y condecoraciones a lo largo de su carrera.  Sus obras fueron galardonadas en por lo menos 10 concursos nacionales e internacionales.

Vieco engrosó el repertorio tradicional colombiano sin ser un innovador, en la mejor tradición de tres compositores que admiró, Pedro Morales Pino, Emilio Murillo y Luis A. Calvo. La gran contribución de Vieco consiste en sus cualidades como excelso melodista, cualidades que desarrolló desde muy temprano en su producción con un sello personal definido como sencillo, imaginativo y lleno de un carácter nostálgico que le aseguró una posición de privilegio en la música colombiana.  El tenor y crítico musical César Giraldo lo llamó el “Schubert antioqueño”.

Alternó la composición con la docencia.   Fue profesor del Instituto de Bellas Artes de Medellín, de la Casa de la Cultura,  del Instituto Central Femenino (CEFA) por espacio de 32 años, de la Normal de Varones, del Instituto Jorge Robledo, del Instituto Antioquia, del Instituto Obrero y de la Universidad Pontificia Bolivariana.

Por invitación de la OEA, viajó con la Estudiantina Tejicondor a Estados Unidos en 1958, entidad que dirigió durante 28 años.  En ese país actuaron en 30 presentaciones durante la celebración de la Semana Panamericana.

Profundamente tímido y modesto, se comunicaba a través de monosílabos, lleno siempre de extraordinaria bondad. Falleció en Medellín el 13 de septiembre de 1979.










GERMÁN VIECO TESTIMONIO PICTÓRICO  
DE ANTIOQUIA

En sus acuarelas todo adquiere protagonismo. Tras de cada una de ellas hay-sin duda- una historia, una vivencia, una gesta, un sentimiento, un recuerdo, un valor; algo que en su concepto no debe pasar inadvertido para nadie. Ese es su compromiso tácito: pintar la historia y las cosas que están dejando de ser. Y esto lo expresa sencillamente: sin aplicar teorías ni medios que requieran justificación alguna, ya que según él lo bello no necesita explicaciones. Para el maestro Vieco es una verdad absoluta que todo sucede una vez y para siempre.

La obra pictórica de Germán Vieco intenta fijar en imágenes la vida cotidiana y el entorno geográfico del pueblo antioqueño. Esta ha sido su obsesión personal y también su compromiso como artista. La mayoría de sus temáticas tienen este común denominador: apresar en el tiempo aquellos elementos de la realidad que constituyen los fundamentos de nuestra identidad cultural. Su pretensión no es otra que re-crear las gentes y el ambiente que aprendió a conocer desde sus años de infancia; compartir con otros las cosas, las sensaciones y sentimientos que nos engrandecen; humanizar y sensibilizar la mirada y el corazón del público; captar la esencia del pueblo antioqueño. 

En sus acuarelas todo adquiere protagonismo. Tras de cada una de ellas hay-sin duda- una historia, una vivencia, una gesta, un sentimiento, un recuerdo, un valor; algo que en su concepto no debe pasar inadvertido para nadie. Ese es su compromiso tácito: pintar la historia y las cosas que están dejando de ser. Y esto lo expresa sencillamente: sin aplicar teorías ni medios que requieran justificación alguna, ya que según él lo bello no necesita explicaciones. Para el maestro Vieco es una verdad absoluta que todo sucede una vez y para siempre.

Su obra es una memoria de la patria chica. Un muestreo del rostro, actividades, costumbres y paisajes regionales.  Apreciar su trabajo es evocar con la memoria la historia silenciosa pero viva y alegre de gentes que aun pueblan nuestras ciudades y campos. "Así vivimos aquí" es lo que parecen expresar con ternura, curiosidad y poesía sus imágenes. "Mis temas son sencillos: los que la gente puede ver a diario en los caminos, bosques y lugares de Antioquia, la tierra bella del mundo. Esas cosas simples pero preñadas de ancestro, con olor a establo, a arriero, a enjalma, a yaraguá y todo lo que nos trae la nostalgia de los tiempos idos. En mis obras recojo la dulce evocación de los abuelos en el corredor de chambranas, sentados sobre un tronco, contemplando las canastas con melenas, las matas de novios sembradas en la bacinilla vieja, en la olla de aluminio o el bucólico campo con aromas de yerbabuena. Todo eso que la civilización se va llevando y que nunca más volveremos a ver".

Germán Vieco es un pintor que crea por placer y que realiza su obra con plena conciencia por lo que quiere comunicar. La acuarela como su primordial medio de expresión es una opción que asumió muy temprano en su carrera artística. La rapidez, la obtención de resultados inmediatos, fue el criterio que le hizo abrazarla con tanta fuerza y convicción. Para él, la acuarela es un arte mágico y confiable que vence al tiempo y al olvido. Una técnica mitad magia y mitad conocimiento y revelación. Una vida intensa, incesante y dramática requiere de respuestas que permitan el uso pleno de todos nuestros sentidos. Por eso, la acuarela constituye la herramienta más adecuada para realizar ese inventario de la patria chica. Con la elección estética de la acuarela ha podido acceder a la realidad y al imaginario colectivo con fuerza, gozo y sinceridad. Sin retórica ni discursos. Solo con la fuerza que comunican sus sencillas pero impactantes imágenes.

El valor de su obra está en el conjunto de acuarelas que la conforman, incluyendo aquella que realizó por primera vez al aire libre cuando apenas contaba con ocho años de edad y no tenia noción alguna de la técnica y tampoco de dibujo o la perspectiva, y cuyo merito anecdótico está en el hecho de haber sido realizada con la compañía de sus amigos de la cuadra en el barrio Boston de Medellín: Luis Hernández y Fernando Botero. Cada acuarela suya es un pedazo de sus vivencias. El saber extraer verdad y belleza de lo que diariamente contemplamos con indiferencia es propio de los artistas.

Su formación profesional corrió por cuenta propia. El mismo se estima un autodidacta y considera que su ruta actual la encontró desde que tiene uso de razón. Todo lo que sabe lo aprendió con gran esfuerzo. Su infancia transcurrió en un ambiente familiar propicio para cultivar esta temprana inclinación. Los objetos, las cosas y las circunstancias que recuerda de su niñez están estrechamente relacionadas con el dibujo y la pintura. Entre sus principales influencias recuerda a sus propios hermanos, a su padre, dueño de una empresa de artes graficas, y también a su tío Luis Eduardo Vieco, un gran acuarelista de quien nunca recibió una instrucción personalizada de su técnica. Al niño Germán Vieco le encantaba dibujar las escenas decembrinas; le gustaba pintar aquellos globos que la familia elevaba en una finca que tenían por Robledo. En estos comienzos dibujaba más por imaginación. La realidad como modelo es algo que asume unos años después.

Cuando era un niño salía con sus amigos a pintar al aire libre, tal y como lo hacían por entonces los pintores más reconocidos localmente. Todos los sábados y días festivos, casi religiosamente, acudían a los alrededores de Medellín en busca de temas. Por entonces, la ciudad era muy pequeña, todo estaba cerca y la mayoría de los rincones estaban repletos de calor humano, paisaje y color. En su memoria todavía, están vivas las salidas a pintar la cúpula de la iglesia de Buenos Aires, las lavanderas que diariamente se servían de las aguas de la quebrada Santa Elena y la carbonería que estaba cerca de su casa.

Sus años de adolescencia también transcurren entre mesas de dibujo. Primero, en el taller de artes graficas de su padre y luego independientemente como dibujante publicitario y comercial. Esto sin abandonar jamás su obsesiva pasión por la acuarela. Durante este periodo, dos personas lo motivaron indirectamente para perseverar en este propósito. Uno de ellos, su tío,  a través de la observación que realizaba de su obra. Y otro, el maestro Humberto Chaves, un hombre que hizo del costumbrismo y de los ancestros antioqueños un arte grande. Era un admirador de las temáticas que desarrollaron ambos acuarelistas.

El estudio de la obra de Chaves lo hizo en una joyería, localizada en la calle Colombia con carrera Bolívar, donde semanalmente se exhibían dos cuadros del maestro. Allí pasaba horas observando cómo este había trabajado un tema, cómo había trazado una pincelada, cómo había logrado la iluminación y los cortes de luz y sombra. Estas informales clases al aire libre, sumadas a la visita a cuanta exposición se presentaba y a la consulta de cuanto libro especializado llegaba a las librerías y bibliotecas de la ciudad, constituyeron su escuela y su programa pedagógico. Estos momentos ejercían en él tal estimulo que una vez llegaba a su casa ponía en práctica todo lo aprendido. Y aunque este aprendizaje le demandó mucho tiempo y esfuerzo, agradece a Dios el talento y la capacidad que siempre tuvo para asimilar todo aquello que hoy hizo de él lo que es: un artista de la acuarela.

En Miami, y por espacio de un año, realizó estudios de dibujo comercial. A su regreso se vinculó nuevamente al diseño de empaques. Y lejos de pensar en abandonar este trabajo tan absorbente, lo aprovechó para continuar su aprendizaje de la acuarela, en un proceso de reciproca alimentación. Trabajar con los colores le producía una inmensa alegría. Era una forma de permanecer cerca de la acuarela.

La primera exposición del maestro cartagenero Hernando Lemaitre en el Club Unión lo marcó profundamente. Sus temas sobre Cartagena, el mar y la costa, fueron repasados y analizados una y otra vez durante los días de permanencia de la exhibición. Tan grande fue su impacto que a partir de entonces decidió empezar a tomar más en serio su aprendizaje del arte de la acuarela.

A partir de 1974, cuando ingresa como docente del área de dibujo publicitario al Instituto de Artes Plásticas de la Universidad de Antioquia; su fascinación por la acuarela se enriqueció. En sus 21 años de actividad académica, y hasta su jubilación en la Universidad, contagió con sus sueños a otros: alumnos y profesores, con los que formó un grupo de acuarelistas que salían todos los fines de semana a pintar al aire libre hasta que el sol se ocultara. El, que siempre había anhelado contar con una guía, se convirtió en uno de los más queridos y respetados maestros de los estudiantes. La enseñanza fue su nueva pasión. El ambiente universitario lo atrapó y acogió como un hijo privilegiado. De su paso por las aulas, al maestro le complace el hecho de haber tenido la valentía de sembrar la semilla de incrementar el uso de la acuarela como técnica pictórica en una época y en un medio artístico que la concebía como un arte menor y en contravía de los tiempos modernos.

Por esta misma época, aparece en su vida don Gabriel Fernández Jaramillo, un padre y un mecenas, que interesado y convencido de sus dotes artísticas lo persuadió para que realizara una exposición de su trabajo en el Club Unión. Desde entonces, Germán Vieco empezó a trabajar con más fe e intensidad. Y las exposiciones se multiplican con el paso de los años.

Para Germán Vieco las satisfacciones más grandes y conmovedoras a lo largo de su carrera las ha recibido de la gente que conoce y ha seguido la evolución de su obra, y de las personas que asisten a sus exposiciones. “Sólo ellos saben lo que yo siento al pintar. Amor y placer”. Esto es lo que convierte al arte en un acontecimiento universal. Expresiones espontáneas del público como “Germán, se te inundó el alma”, a propósito de una exposición colectiva sobre la tragedia del pueblo del Peñol, que desaparece para dar campo a una represa, son satisfacciones que bien le valen toda la vida invertida en el aprendizaje de su arte.

La obra de Germán Vieco impresiona por la belleza de su sencillez, la capacidad de evocación y la provocación que suscita en la mirada y sentimientos de las nuevas generaciones. “Ahí  quedan pues algunas estampas de nuestros campos para que nuestros hijos y nietos las visiten, aunque sea espiritualmente”.

José Jaramillo Alzate