16 mar 2012

EL PATIO
DEL TANGO
Darío Ruiz Gómez 

Las palabras nos hacen, nos moldean, nos retrasan o adelantan en el tiempo interior que van alcanzando nuestras vidas. Tiempo interior que nada tiene que ver con el llamado tiempo de la Historia, o sea con aquello que sucede en la exterioridad, en la vida política y social. Al llegar a los cincuenta me decía alguna vez Aníbal Moncada, ya uno no cumple años sino que empieza a dejar de cumplirlos. Y lo aseveraba con la mirada extrañamente respetuosa de quien, como él, había transitado por entre dificultades y azares que son en el tráfago de la vida de las gentes populares algo más que simples anécdotas en boca de quienes reducen ese azar propio de la vida a superfluas anécdotas.

Cuando pienso en el Guayaquil que describía Aníbal Moncada me estremezco frente a aquellas tumultuosas imágenes de gentes viviendo en medio de una marejada incesante de crueldad, de desafiante violencia paradójicamente necesaria para lograr sobrevivir en territorios abandonados por la ley y cuyos propios códigos de honor constituían el único vinculo ético para lograr que la existencia no se dejara ir del todo hacia la vorágine de lo peor. Esto del cuchillero, del compadrito, un destino sin destino, lo percibió Borges con su crónica lucidez: el baile, la música representan un espacio autónomo donde lo lúdico es la respuesta a la muerte, al dolor, al sufrimiento, convirtiendo la ceremonia en metáfora de la condición humana y expresión de un instante que solo se repite cuando en el tiempo y los días se reinicia la ceremonia con la presencia de los muertos.

Sin voz, atento solo a lo que significa vivir entre esas músicas y letras tomadas como un origen propio, Aníbal Moncada fue testigo de todos los infortunios que las distintas violencias arrojaron sobre la vida de Medellín, sobre el arrabal que solo buscaba frente al atropello aspirar a esa calma necesaria para que la nostalgia se adelante a la hora de la muerte, para que los niños de la calle se sorprendan de su propia lucidez. Ahí a su lado desfiló el terror y la infamia de lo peor mientras Aníbal Moncada sostenía impasible ante los ejecutantes de esa crueldad que el baile y el canto constituían el área sagrada que se debía respetar. Por eso no se fue de su barrio ni cayó en el error de convertir su santuario en un escenario turístico maquillado.

Alguna tarde empezada ya la noche un automóvil se detuvo y se le acercó una moto con dos muchachos que recibieron una metralleta y algo espeluznante, una foto. El Gordo me miró indicándome la vigencia de los territorios que frente a su santuario se tocaban y que le permitían ser respetado en un lugar caracterizado por la extrema dureza de la violencia. El código adquiría su dimensión verdadera, los límites se respetaban frente al crimen y al delito que esos otros habían asumido. La fuerza sobrecogedora de la música, la persistencia de un ámbito social de enamorados de una forma de canción en extinción, ceremonia secreta de clandestinos oficiantes, el tango aquí en esta desolación alcanzaba un porqué, una razón de existir como expresión de firme resistencia de amistad, de realidad verbal transfigurada por la poderosa capacidad de un narrador convirtiendo en leyenda aquellas situaciones y llevándolas hacia las letras y las melodías donde la vida era triste y nostálgica, pero no infame.

Yo no sé si eso sea el tango o si Aníbal Moncada fue un excelso representante de esta música, solo sé, que aquel patio que caminó de Guayaquil al barrio Trinidad, tuvo la propiedad de convertirse para muchos desolados de si mismos en un lugar en el tiempo al cual seguirán para siempre acudiendo.

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