8 mar 2012

LA MÚSICA ANDINA COLOMBIANA EN LOS 
ÚLTIMOS 30 AÑOS
Apartes del proyecto de investigación LA MÚSICA ANDINA COLOMBIANA EN LOS ALBORES DEL SIGLO XXI de John Jairo Torres de la Pava

(Publicado en la separata especial de los 30 años del periódico El Mundo, con el título Un fortísimo para nuestra cultura, el 20 de abril de 2009)

Los orígenes de nuestros aires musicales tradicionales se encuentran en el mismo crisol en el que se fundió nuestro mestizaje. En nuestras músicas confluyen no sólo razas, también culturas, y el resultado es una fusión continua de sonidos, ritmos, palabras y sentimientos. Durante dos siglos pasaron de padres a hijos, trasegaron por nuestra geografía, sufrieron deformaciones y transformaciones. No tenemos testimonios escritos (en un lenguaje musical) ni sonoros de cómo eran esas manifestaciones antes de las postrimerías del siglo XIX, pero lo cierto es que unas sobrevivieron y se aferraron como árboles gigantes a su tierra, y que otras se quedaron en el olvido de los años, enterrados por la desidia o por el desinterés que siempre hemos demostrado por lo terrígeno.

Sin duda alguna la incursión de los músicos académicos en los aires tradicionales y populares colombianos nos abrió un panorama jamás imaginado y la posibilidad de contar con testimonios escritos de las obras musicales populares recopiladas por ellos y las creadas a partir de este momento. Varios elementos contribuyeron a que, en relativamente poco tiempo, la música andina colombiana alcanzara, a principios del siglo XX, un nivel de excelencia y se generara una naciente nueva cultura musical con características muy propias: la llegada al país en el siglo XIX de músicos europeos, el hecho de que muchos de nuestros músicos estudiaran en las mejores academias del país y que muchos de ellos continuaran su formación musical en el exterior.

Pero no sólo la academia realizó el trabajo. También aportaron los músicos empíricos, unos con formación musical autodidacta y otros totalmente “analfabetas musicales”. 

Algunos de los aires tradicionales folclóricos de las diferentes regiones del país se convirtieron en la cédula de identidad de nuestra cultura ante el mundo. Los casos más representativos son sin duda, y en su orden, el bambuco, la cumbia y el vallenato. El primero a principios, el segundo a mediados y el tercero al cerrar el siglo XX e iniciar el XXI. El comienzo de ese convulsionado siglo XX fue testigo de una de las épocas gloriosas de nuestros aires tradicionales. Los autores y compositores e intérpretes gozaron de gran popularidad, sus obras fueron cantadas, tocadas y difundidas profusamente por todo el continente.

En la década del 40 se promueve un movimiento nacionalista a partir de la música colombiana por parte del Estado central y la clase dominante. Intento que coincidió con la expansión capitalista impulsada por la bonanza cafetera, el tímido proceso de modernización de algunos aspectos de la vida social y cultural del país así como con la irrupción de la radio como medio masivo de comunicación.

Entre 1930 y 1970 ocurre el “boom” de los duetos. Dos voces, un tiple y una guitarra o dos voces con guitarra y requinto. Las voces eran muy recias y sonoras, manejaban una armonía muy simple: uno hacía la primera y otro la tercera (llamada comúnmente la segunda voz). Las casas discográficas dedicaron gran parte de sus presupuestos para grabarlos y promoverlos en la radio. Las ventas de la música colombiana se incrementaron y esto impulsó la aparición de nuevos compositores y de gran cantidad de canciones en aires tradicionales, no todas bien logradas. 

Por la década de los 70 ocurre un “adormecimiento” tanto en la producción como en la difusión de nuestra música y de sus cultores, causado en gran medida por la aparición del rock and roll y por la invasión de la cultura Norteamericana a través de todos los medios de comunicación. Fenómenos como El Club del Clan acaparan la atención de la radio y de la televisión.

En los años 80, con la consolidación de los festivales y concursos, como “El Mono” Núñez y Antioquia le Canta a Colombia, se establecen las bases de una época que albergaría a una camada de jóvenes inquietos que gestan una nueva propuesta a partir de los aires tradicionales andinos colombianos. 

La música colombiana vivió las más grandes transformaciones durante el siglo XX. Las influencias de los poderosos medios de comunicación que trajeron consigo nuevos sonidos, nuevas formas melódicas y armónicas, nuevos lenguajes y nuevas técnicas desde distintas partes del mundo –especialmente de Norteamérica, México, Cuba y Argentina–, son notorias. Hoy nuestros aires están impregnados de elementos foráneos, algunos enriquecedores, otros no tanto. Las fusiones no van a parar, las influencias seguirán con más fuerza, porque el mundo es cada vez más compacto y más cercano. Pero nuestra música tradicional nació de las influencias que nos trajeron los conquistadores y los esclavos, y esos conquistadores sólo han cambiado de lugar y de nombre. 

He llegado a pensar que más que amantes de la música tradicional colombiana somos amantes de épocas de la música colombiana. A mis padres siempre les encantó la música de los duetos del estilo de Obdulio y Julián, Garzón y Collazos, los Hermanos Martínez, y cualquier otra forma de interpretación de nuestros aires les parecieron raros o deformantes de la tradición. A mis abuelos en cambió les gustaba más la música que hacían agrupaciones como las Liras Antioqueña y Colombiana y las Estudiantinas. A los de mi generación nos gusta más la música que nos propusieron la Estudiantina Nogal, el Trío Nueva Colombia, el Grupo Cuatro Palos, el Grupo Café Es3, Guafa Trío, el Grupo Camerata y el Conjunto Ebano; algunos duetos (con voces armónicamente más elaboradas) como Nueva Gente, Sombra y Luz, Carmen y Milva, Diana y Fabián y Primaveral; los grupos Nueva Cultura, Puerto Candelaria y Septófono, y los solistas vocales Niyireth Alarcón, María Isabel Saavedra, Carolina Muñoz, Juan Consuegra; por citar sólo unos pocos. 

En una época en la que los medios de comunicación imponen músicas de otras latitudes, algunas de buena calidad compositiva e interpretativa, un gran porcentaje cantadas en otros idiomas, otras que hacen apología al mal gusto, al vicio y a la vulgaridad, de pésima calidad en todos sus aspectos; sobrevive, en un grupo muy reducido de colombianos, el amor por una música que se niega a desaparecer y que tiene su espacio de difusión en más de cien concursos y festivales, en unos cuantos encuentros y conciertos y en unos pocos espacios radiales y televisivos. 

¿Estaremos siendo testigos de los últimos estertores de nuestra música andina colombiana, o estaremos asistiendo al renacimiento de un género en el que cada vez hay más jóvenes creadores e intérpretes (especialmente venidos de la academia) involucrados?¿Qué habrá qué hacer para que en los medios de comunicación se escuche nuestra música, esa que sigue oculta, esa que pertenece a una cultura local indefensa ante los embates de la globalización, de las modas pasajeras y no tan pasajeras que imponen los medios de comunicación comerciales? ¿Será acaso que a los colombianos no nos gusta nuestra propia música? ¿O no la difunden porque no produce “rating” y no es “comercial”? ¿Será que sólo le gusta a un reducido grupo, o pertenece a alguna clase social, o a un rango de edad? ¿Estará pasada de moda, con temáticas campesinas o rurales, monótona y solo para parroquianos? ¿La globalización ha acabado con lo nuestro? ¿Será que la verdadera música colombiana es la que triunfa desde el jet set farandulero de Miami, Los Ángeles y Nueva York?

Se hace urgente fortalecer nuestra esencia a partir del conocimiento de nuestras raíces y del desarrollo y evolución de nuestras manifestaciones musicales. 

La falta de difusión de nuestra música andina colombiana le ha negado al gran público la posibilidad de conocer y disfrutar un género rico en armonías, melodías y textos de gran factura, le ha negado además el disfrute de las más maravillosas voces e interpretaciones de verdaderos virtuosos, artistas que han dedicado su vida al perfeccionamiento de técnicas interpretativas y que superan, con creces, a tantas “estrellas” que promueve la fuerza publicitaria y mercantilista de la música.

Hoy, como en ninguna otra época, hay compositores, intérpretes, discos y festivales de música andina colombiana; pero esta carece de difusión, apoyo empresarial, apoyo estatal y cultural decidido y de público oyente.

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